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24/9/15

Elvira Lindo: La imagen del socialista Miquel Iceta bailando en esta campaña me ha devuelto la esperanza en el ser humano... ¿por dónde andaría esa esperanza?



Un Iceta desatado baila a lo Freddy Mercury en el arranque de campaña

"En el mundo de la cultura el adjetivo “simpático” está infravalorado; en el de la intelectualidad ser simpático es el equivalente a ser un simple. La simpatía se contempla como un recurso del que echan mano los que no tienen la categoría necesaria para ser arrogantes. 

La arrogancia está mucho mejor vista, dónde va a parar: de una persona importante se respeta que sea distante, que anteponga sus caprichos al interés del prójimo y que sea de difícil trato. A mí una vez me llamaron simpática y me lo tomé muy mal. Era evidente que quien así me definía no me encontraba otras virtudes intelectuales.  (...)

Miquel Iceta, candidato del PSC, ha hecho que su baile de la canción 'Don't stop me now' del grupo Queen sea uno de los momentos más viralizados en Internet. La pegadiza sintonía con la que termina cada mitin y sus movimientos han saltado a la fama. En la imagen, en el acto central de campaña en Barcelona durante la fiesta de la rosa de Gavà, el pasado domingo

Y, sin embargo, cuánto favorecen las personas simpáticas el que suba el nivel de alegría colectiva. En la arena política ocurre que cuando nuestros representantes quieren acercarse al pueblo se hacen los simpáticos. A la mayoría no les sale, porque la simpatía es un don del que, habría que investigar porqué, muchos políticos carecen. 

Y ver cómo se hace el gracioso quien no lo es roza lo patético. En cambio, qué diferencia cuando un tipo se destapa de pronto con una simpatía que una no esperaba. La imagen del socialista Miquel Iceta bailando en esta campaña me ha devuelto la esperanza en el ser humano. “Iceta lo peta”, le dicen. Y no me extraña. Ese baile suyo vale más que mil arengas."             (  , El País, 23 SEP 2015)

28/1/10

Y el que ataque a mi pueblo se va a enterar...

"Este sabio internauta ha estudiado cómo en ciertos regímenes totalitarios, como el chino, Internet se ha utilizado y se utiliza para generar rumores de naturaleza personal, adulterios, por ejemplo, que pueden conducir a una persona a una situación insostenible, o de orden político, como señalar a simpatizantes de la causa tibetana para dejarlos luego en manos de una masa justiciera.

Y en España... Ay, España. Suelo mirar, entre los blogs que visito, el de un joven amigo. Lo recomendaría, pero, en este caso, no puedo decir el nombre. El blog de mi amigo está lleno de fotos sensibles y comentarios conmovedores de los dos universos entre los que tiene repartido el corazón: Nueva York y un pueblo de Cataluña. Cuando llegaron las navidades de hace tres años, este bloguero escribió un comentario irónico sobre cómo vivía de niño la víspera de Reyes en su pueblo; siendo como es hijo de personas humildes, recordaba haber percibido la manera sutil en que se relegaba a los críos de familias menos ricas. Algo así.

El caso es que como internautas somos hoy (casi) todos, su texto llegó a ojos de un paisano que lo entendió como un ataque a las sagradas tradiciones vernáculas y lo puso en circulación para que otros irrumpieran en el blog y escribieran comentarios vejatorios. La cosa no quedó ahí: cuando llegaron las fiestas del pueblo, los mozos, que habitualmente comercializan una camiseta con una frase alusiva a un acontecimiento significativo que haya ocurrido durante el año, estamparon el nombre de mi amigo junto a un adjetivo: "Maricón". No hace falta describir la tremenda angustia de los padres y la ansiedad con la que mi amigo vivió este cruel episodio estando al otro lado del océano.

Como siempre, los cafres consiguieron que la víctima se sintiera culpable por haber disgustado a quien más quería, su familia. Fuimos los amigos los que le hicimos interpretar este desagradable episodio como una muestra de nuestro pecado más lamentable, la envidia, que siempre se expresó en las barras de los bares, pero que en nuestros días se ve magnificada por el ciberespacio.

Envidia contra el muchacho de origen humilde que consigue una beca, deja el pueblo y se larga, que no le tiene miedo a poner tierra por medio, a estar solo en otra ciudad y labrarse un futuro con esfuerzo y entusiasmo. El episodio le hizo madurar, pero a qué precio.

(ELVIRA LINDO: Violencia digital. El País, Domingo, 24/01/2010, p. 19)

21/1/10

El peligroso terrorista de nueve años... y miope...

"La web del Departamento americano de Seguridad en el Transporte desmentía en días pasados el rumor de que haya menores en las listas de individuos peligrosos. Sin embargo, la madre de Mikey Hicks, un niño de nueve años de Nueva Jersey, ha hecho pública la pesadilla de demoras y cacheos a la que viene siendo sometido su hijo desde que nació. No haría falta un enorme esfuerzo deductivo para que tan inteligentes organizaciones imaginaran que un niño que nació un mes antes del 11-S difícilmente puede verse involucrado en actividades terroristas de altos vuelos, pero la policía americana, siempre fiel a esa norma de incordiar al que menos se lo merece, lleva registrando a la criatura desde que era un bebé y negándole un asiento propio.

El niño Mikey posa encantado para los periódicos. Con sus gafas de miope, el pelo revuelto y la gorra de boy scout parece una versión actualizada de Guillermo Brown, líder de los Proscritos, al que sin duda le iría que ni pintada una historia como ésta. Pero Mikey fue adiestrado desde pequeño para saber que con la policía no se juega y, en vez de poner a prueba su paciencia, como le gustaría al terrible Guillermo, abre brazos y piernas con gran profesionalidad para facilitar el cacheo, como si tuviera completamente asumida su condición de sospechoso. Dado que su problema es el nombre, que coincide con el de un criminal, los padres acabarán cambiándoselo, como ya han hecho otros que padecían el mismo martirio." (ELVIRA LINDO: Sospechosos. El País, ed. Galicia, última, 20/01/2010)

15/5/09

Las crisis, que son cuatro...



"Mi amigo me dijo: "¿Crisis?, ¿cuál de ellas?". Mi amigo me explicó que se sentía afectado por cuatro: la crisis global, la crisis típicamente española, la crisis de la construcción (mi amigo es ejecutivo del ramo) y, para terminar y para colmo, la crisis personal: mi amigo se acaba de divorciar y es víctima de una de esas sentencias en que la justicia estima indispensable que la madre siga disfrutando de un casoplón de 400 metros cuadrados y el marido viva en un pisillo alquilado, pagando, además, la hipoteca de esa casa que en teoría es suya hasta que los niños se independicen. O sea, nunca.

Mi amigo soporta la crisis universal sobre sus hombros, así que, como es un tío práctico, pidió hora en el psicólogo. Por el seguro, se entiende. Le dieron cita para dentro de un mes. Mi amigo soportó el mes de espera a fuerza de lexatines que le pasó un amigo boticario. El boticario es el mejor amigo del hombre en momentos de crisis. Cuando le llegó el día de la cita pasó la tarde en la sala de espera. Tenía 80 pacientes por delante, lo cual concuerda con esas estadísticas que rezan que las visitas por ansiedad y depresión han aumentado en un 15%.

Pero la espera fue de lo más instructiva: charló con una pobre divorciada a la que el marido pasaba una pensión de mierda ("la justicia siempre acierta", pensó mi amigo); habló con un obrero de la construcción en paro y sintió un sudor frío cuando se dio cuenta de que, casi con total seguridad, había sido él mismo el encargado de firmarle el finiquito, y habló con tres pacientes que habían desistido de divorciarse dada su penuria económica. Con trankimazines, actividad física y un poquito de buena voluntad, la falta de amor es más llevadera, le decían. Cuando mi amigo entró en la consulta y vio a aquel hombre impaciente al otro lado de la mesa, fue rápido, por no molestar, y resumió: la crisis global le provocaba una angustia difusa, como lo que sentías de niño cuando pensabas que nos iban a invadir los marcianos; la crisis española le iba directamente al estómago, donde se siente la indignación; la crisis de la construcción le dejaba sin fuerzas, puesto que cada día hacía frente a un despido; en cuanto a la crisis matrimonial, sentía que le había dejado cara de gilipollas.

Cuando salió, tiró la receta a la papelera: "Para qué, teniendo a mi amigo boticario". Entró en un bar y se tomó una caña bien fría. Con el comienzo de la primavera comenzaban a verse al fin las piernas de las mujeres. Piernas y más piernas. Le dio un subidón. Debe ser, pensó, que mis cuatro crisis han borrado la crisis que me correspondía por la edad, la de los 50: "La estoy pasando sin sentir". (El País, Domingo, 10/05/2009, p. 15)

8/11/08

El comediante

"Quedamos y hacemos unas risas". ¡Hacemos unas risas! Creo que ésta es una de las expresiones que más he detestado en la vida. (...)

Como si la risa fuera algo que se pudiera prever. La risa. Con lo misteriosa que es. Hubo un tiempo en que yo escribía artículos cómicos, astracanadas. Había gente que me invitaba a una cena con la esperanza de que yo fuera, en parte, la principal hacedora de esas risas. A mí, la posibilidad de decepcionar me sumía en un mutismo melancólico.

Recuerdo que para ganarme la simpatía del lector echaba mano de un humor flagelante; de los dos payasos, por así decirlo, yo siempre era la tonta, la que recibe las bofetadas, la que no había leído, la que no tenía ni puta idea y metía la pata; me inventaba cartas de lectores que me insultaban o que me hacían absurdas recomendaciones para mejorar mi rendimiento columnístico. ¡Disfrutaba tanto metiéndome conmigo! ¡Era tan liberador ser Garbancito, Calimero, el Tonetti, el Lazarillo, Gordito Relleno!

Había un placer especial en poner todos los posibles defectos encima de la mesa de disección y hurgar en esas diminutas cicatrices de la infancia que la memoria esconde, pero no destruye. Me lo pasaba de vicio -nunca mejor dicho, de vicio- porque siempre hay algo mórbido (aunque ferozmente divertido) en hacer de uno mismo motivo de risa. Lo inaudito es la reacción que provoca este tipo de humor selfdeprecating, de burla de uno mismo.

Hubo quien se creyó al pie de la letra ese personaje; hubo otra gente, bienintencionada, que me aconsejaba seguir una terapia para subir una autoestima maltrecha, y, sí, también hubo quien entendió que se trataba de una gran broma. Pero a lo que yo iba, el humor siempre es un oficio que llena de melancolía a quien lo practica porque, de alguna manera, sale dañado.

El humor se construye con los defectos, no con las virtudes; por eso en el teatro clásico hay una astuta repartición de papeles: el galán es listo, guapo, pero no es el gracioso; el gracioso es el que se lleva alguna hostia por malicioso, el que sale escaldado, pero, a fin de cuentas, el que se lleva las risas del público. (...)

Pero hay una regla difícil de romper: el guapo trabaja con sus virtudes; el gracioso, con sus defectos. Así ha sido siempre. En la vida y en el arte. Ésa es la razón por la que el humor provoca empatía; a todos nos gusta cómo a otro le salen las cosas mal, se cae, es un pobre hombre, un desgraciado, y ésa es la razón por la que el humor provoca melancolía a quien lo practica: ¿no es un drama buscar el cariño y la atención de los demás haciendo el payaso? (...)

(Charlot) Leo, por ejemplo, que el novelista Somerset Maugham le había descrito, a Chaplin, como ese artista que, habiendo alcanzado la riqueza y la fama, echaba de menos la libertad de sus años de niño pobre en las calles más sórdidas de Londres.

Chaplin, que, efectivamente, sabía de verdad lo que era la miseria, deshace este malentendido que le molesta: "Todavía no he conocido un pobre que añore la pobreza o que halle la libertad en ella". Qué razón tiene, ¡cómo va a dar libertad el hambre! Pero eso no quita para que las cómicas historias de su vagabundo se nutrieran de aquellos años de penuria. (...)

El humor sin palabras. Pienso de pronto que el humor de los hermanos Marx, tan apoyado en el sarcasmo verbal, sigue provocando hoy el mismo tipo de risa que cuando se creó, pero que el humor chaplinesco, basado en la pantomima, despierta una risa que se transforma en melancolía en cuanto la historia acaba. (...)

(Candilejas) Entre una escena y otra está el paso del tiempo, la transición de lo cómico a lo dramático. Ayuda a entender el placer y el daño que provoca el humor a quien tiene la osadía de hacer de él su medio de vida." (Elvira Lindo: Reírse de uno mismo. El País, Domingo, 28/09/2008, p. 15)