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27/11/20

¿Por qué triunfan ahora los chistes sobre Miguel Bosé? El secreto que hace reír a la gente

 "De Miguel Bosé a Cañita Brava, los temas estrella de los guionistas de los programas de humor caminan entre la actualidad y lo cañí, aunque su oficio no siempre implique ser gracioso. Los responsables de poner en un papel los chistes en ‘La Resistencia’, ‘Ilustres Ignorantes’ o ‘Late Motiv’ de Movistar+ también invocan a la improvisación del cómico para llegar a la carcajada.

“Es la época dorada de los chistes de Miguel Bosé”. Seis guionistas de tres programas de humor coinciden en que el cantante de Amante bandido es el tema predilecto en sus mesas de trabajo. Antes lo fueron Cañita Brava, Mariano Rajoy, Chiquito de La Calzada, Alaska… El oficio de creador de chistes tira de actualidad siempre que puede, y cuando un personaje público camina entre el negacionismo y la verborrea pandémica, las posibilidades para el ingenio cómico se terminan disparando.

No es lo mismo ser contador de chistes que creador. Detrás de muchos de los cómicos de los programas de humor de la televisión existe un equipo de guionistas con habilidad y chispa imaginativa para crear escenas que después terminan interpretando otros frente a una cámara. Aquí no hay batalla de egos, el objetivo es la carcajada. “La actualidad siempre ayuda a crear textos divertidos y deja volar la imaginación […], estar al día y pendiente de la última hora es básico, es una fuente inagotable de humor”, cuenta Edu Arroyo, Jefe de Programas de Entretenimiento y Eventos de Movistar+, y guionista. 

La improvisación manda en ‘La Resistencia’

De lunes a jueves, cerca de 70 personas, de las que seis son guionistas, trabajan en los cuatro programas semanales que emite Movistar+ de La Resistencia. Producido por El Terrat (The Mediapro Studio), son 57 minutos de humor que presenta David Broncano y tras el que están los subdirectores Ricardo Castella y Jorge Ponce, y Miguel Campos, su coordinador de guion. “Cada día hacemos el programa que hemos preparado u otro, según se dé el día”, cuenta Castella, que venía de trabajar en programas de humor icónicos como El Club de la Comedia, Sé Lo Que Hicisteis o Noche Hache, tras un fallido paso por la carrera de Ingeniería de Telecomunicaciones. “Solo hice la mitad, los 12 primeros años”.

El oficio de creador de chistes es más tradicional en su metodología de lo que pareciera: bolígrafo, papel e ideas. “Tomo notas a mano en cuadernos o en apps y luego nunca las vuelvo a mirar; resumiría mi sistema de trabajo en una palabra: mejorable”, añade Castella. Pero las ocurrencias acaban llegando a la mesa de Broncano, que luego tira los chistes –término utilizado cuando se habla de contar la broma– como si estuviese improvisando. “Siempre tienes que saber para quién estás escribiendo, en general un cómico experimentado sabrá cómo tirar el chiste, lo hará suyo y lo tirará bien, el caso contrario pasa pocas veces”, explica Miguel Campos, que antes de dedicarse al humor fue realizador de televisión y librero, y hoy, incluso, hace sus propios monólogos.

Con cuatro temporadas y más de 430 programas desde su estreno en febrero de 2018, los datos de La Resistencia confirman el buen momento que vive el humor televisivo en España. “Se puede bromear con todo y nadie se ofende ni pide tu cabeza (risas); quitando que hay una pandemia, creo que el humor sí está en su mejor momento”, confirma Castella. Pero las prisas, la exigencia y la tensión existe, como en cualquier programa de televisión, y lo confirma Miguel Campos, al que le gustaría estar trabajando en Saturday Night Live solo unas semanas: “No aguantaría la presión y acabaría poniéndole la chaqueta perdida de mocos y lágrimas a Lorne Michael”.

El “no gracioso” de ‘Ilustres Ignorantes’

Más de 340 programas en sus 12 años de emisiones, hacen de Ilustres Ignorantes un referente en los programas de televisión de humor en España. Emitido en la actualidad por Movistar+, con Javier Coronas de presentador y Javier Cansado y Pepe Colubi de colaboradores habituales, trabaja un único guionista en la producción de este espacio semanal de 25 minutos: Dani Rodríguez. Con un pasado como repartidor de pizzas, profesor de informática para mayores o recepcionista en aparta-hoteles, este Licenciado en Comunicación Audiovisual confiesa que sus ideas para los guiones las saca de sus paseos: “Pero si eres de mente disipada, como yo, tienes que volver a casa y encender el ordenador rápido si quieres entregar algo”.

Rodríguez es un tipo serio, también guionista de Cero en Historia de Movistar+, que dice estar instalado en su sitio natural, “la chorrada”, pero se aleja del tópico de creador de chistes gracioso: “Para nada, mírame a mí, hay muchos guionistas que son cómicos de vocación, pero no es mi caso, soy hijo de zamorano y soriana, cristianos viejos; mi casa no era el descojone”. Aún así, su trabajo es parte esencial de dos de los programas de humor más populares de la televisión, algo que provoca respeto, “los cómicos con los que he trabajado siempre han estado bastante por encima de lo que hago”, cuenta humilde.

La demanda de espacios cómicos en la pantalla es alta, el público responde y las empresas audiovisuales también: “Estamos en un momento muy bueno gracias a la proliferación de cadenas, plataformas de televisión, Internet, las redes sociales… cuantas más vías haya, más programas, más series y más piezas habrá, y más humoristas y guionistas serán necesarios”, explica Edu Arroyo, de Movistar+. Y siempre se buscarán nuevos temas y personajes de actualidad sobre los que hacer un chiste, aunque Rodríguez prefiera echar mano de la actualidad pasada –”el NO-DO es una fuente inagotable de cachondeo”– y añorar a Cañita Brava –”sería genial darle un texto sofisticado y que lo intercalara con su castañuela”–.

El peso de escribir para Andreu Buenafuente

Cinco horas de ensayos para una de grabación son los tiempos que se manejan de lunes a jueves en Late Motiv, el espacio de humor de Movistar+, producido por El Terrat (The Mediapro Studio), con más de 770 programas desde su inicio de emisión en enero de 2016. El trabajo de los diez guionistas que trabajan aquí comienza decidiendo qué temas tocarán en el monólogo de esa noche y cómo se desarrollarán. Al frente está David Martos, su subdirector, que con 29 años coordina los gags y las bromas que después lleva frente a cámara Andreu Buenafuente. “He sido guionista junior, guionista, coordinador de guion y actualmente subdirector con brackets; con los aparatos parece que sea más junior ahora que cuando lo era”, asegura Martos.

La actualidad es una de las líneas del guion de este programa nocturno en el que también colaboran Berto Romero y Bop Pop. “Uno de los objetivos de un late night es reflejar lo que ocurre en la sociedad, y eso pasa en parte por bromear con las noticias del día y con las modas del momento. Si un late no hiciera chistes de actualidad parecería desconectado del mundo. Sin actualidad es difícil hacer un programa de humor diario y no acortar tu esperanza de vida”, añade.

Junto a Martos, como coordinadora de guion está Laura Márquez, con un pasado profesional en El Club de la Comedia. Ambos se enfrentan a diario al reto de poner en boca de Buenafuente muchos de los chistes que después se harán virales y quedarán como clásicos del humor en nuestro país. “Siempre creo que es más fácil escribir para alguien cuando sabes quién es, puedes aprovechar sus herramientas, su línea de pensamiento, su acting, su tono…”, explica Márquez. Los dos guionistas coinciden en que, en el caso del presentador de su espacio, tienen mucho ganado. “Prefiero pensar que si un cómico no hace brillar un texto que has escrito para él, quizá es que no lo has hecho a su medida; un compañero guionista, Tomás Fuentes, siempre dice que en el caso de Andreu, por cada chiste tuyo que no puede lanzar bien, te mejora cincuenta. No soy matemático, pero lo suscribo a pies juntillas”, incide Martos.

Pero si se habla de cifras en torno a Buenafuente, estas son más que reseñables: 766.000 suscriptores en el canal de Youtube del programa y 280.000 seguidores en Instagram. Datos que ayudan a la viralidad de su trabajo y que lleva a estos dos guionistas a soñar con el personaje al que les hubiera gustado crear chistes, de Los Monty Python a Los Simpson o Chiquito de la Calzada: “Imagínate adaptarte al lenguaje del candermor, jarl y fistro pecador, y venderle ideas como ‘tú trabajas menos que el sastre de Tarzán’. Habría sido divertidísimo, por la gloria de mi madre”.          (Mario Suárez, El País, 25/11/20)

14/5/20

Entre parecer tonta o que te acusen en los juzgados de homicidio... en los momentos en que se registra en los juzgados una querella criminal colectiva contra Díaz Ayuso, por presuntos delitos de homicidio imprudente, trato vejatorio, prevaricación y denegación de auxilio, ocupa las portadas de la prensa y el ruido de las redes una ridícula foto suya en plan Bernarda Alba

"Precisamente en los momentos en que se registra en los juzgados de la Plaza de Castilla de Madrid una querella criminal colectiva contra la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, por presuntos delitos de homicidio imprudente, trato vejatorio, prevaricación y denegación de auxilio, ocupa las portadas de la prensa y el ruido de las redes con una ridícula foto en plan Bernarda Alba y por sus comentarios de que el virus lleva en su nombre la letra D porque apareció en diciembre. 

Entre parecer tonta y teatral o que te acusen en los juzgados de homicidio, es evidente que todos preferiríamos lo primero, aunque lo segundo no se pueda evitar, al menos que no se hable.

La distracción en política a base de parecer tonto no es una técnica nueva. A finales de 2008, el primer ministro italiano Silvio Berlusconi tenía que celebrar una cumbre bilateral en Trieste con Angela Merkel. Era una cumbre clave para afrontar la crisis económica que atravesaba Italia y que necesitaba el apoyo político y financiero de Alemania. Un trago difícil para Berlusconi. Il cavaliere se saltó el protocolo y esperó a la canciller escondido tras un monumento,cuando apareció la alemana saltó por sorpresa y dijo "Cú-cú". Consiguió el titular. Los medios no hablaron de otra cosa cuando informaron de la reunión, todavía hoy, si uno busca esa cumbre en Google las noticias mayoritarias son acerca del juego del escondite de Berlusconi y su Cú-cú.

Un año después, Silvio Berlusconi se enfrentaba al escándalo por su mala gestión durante tragedia del terremoto de L'Aquila. Cuando se encontraba paseando entre las ruinas, no se le ocurrió otra cosa que desviar la atención de los medios diciéndole a una médico de emergencias desplazada al lugar "no me importaría ser reanimado por ti". Sí, los medios ridiculizaron al primer ministro, pero no hablaron de la falta de recursos del rescate ni la ausencia de medidas de prevención.

Parecer tonto volvía a tener premio.

En 2017, el presidente derechista de Brasil Michel Temer se enfrentaba a masivas movilizaciones en la calle contra sus recortes sociales y la corrupción. Entonces concedió una entrevista a la revista brasileña Veja y anunció que abandonaba la residencia oficial presidencial porque, medio en broma medio en serio, pensaba que había fantasmas allí que no les dejaban dormir. La noticia en la prensa al día siguiente: "Los fantasmas obligan al presidente de Brasil a dejar la residencia presidencial" (El País), "Michel Temer se muda del palacio presidencial por miedo a los fantasmas y estallan las burlas" (Clarín), "Brazil’s President Moved Out Because of Ghosts" (Time). Moraleja, si vas a protagonizar las portadas por las manifestaciones masivas que piden que dimitas por corrupción, lo mejor es decir que ves fantasmas en el palacio presidencial y que te mudas. Esa será la noticia.

Si analizáramos estos comportamientos en el caso Trump nos daría incluso para un libro. La conclusión es clara. Por un lado los medios tradicionales, ávidos de trivialidades y anécdotas, desplazarán lo profundo e importante para enfocarse en lo superficial. Las redes todavía lo harán más. Sobre todo, porque si algo consuela al ciudadano que sufre la incompetencia -o la maldad- de un gobernante, es creerse más listo que ese gobernante y poder ridiculizarlo. 

Es una de las características que se ha impuesto en esta carrera por el humor y el chascarrillo que domina en las redes sociales: consolarnos riéndonos de algunos políticos mientras ellos nos joden la vida. Muchos ya lo han descubierto y recurren a ese bálsamo social para que les dejen seguir gobernando. Sucedió con Mariano Rajoy, todos éramos más listos que él, pero la realidad es que era él quien gestionaba nuestra economía y nuestros derechos. ¿Y lo bien que nos lo pasábamos con Esperanza Aguirre en el programa Caiga quien caiga? Hasta circuló la anécdota de que preguntó quién era la escritora Sara Mago, que es falsa, pero ni siquiera se molestó en desmentirla mucho porque quedar como tonta era la mejor forma de que no apreciáramos su peligro.

Pues eso, ahora toca Isabel Díaz Ayuso. Qué bien nos lo estamos pasando mientras ella gobierna Madrid."                     (Pascual Serrano, eldiario.es, 12/05/20)

21/2/20

La historia detrás del papá que jugaba para que su hija se riera de las bombas




"Mehmet Algan y Abdalla Mohamed se conocieron hace siete años en Estambul (Turquía). Un amigo en común les presentó. Mehmet, de 34 años, sigue trabajando en la ciudad turca, pero Abdalla, de 32 años y sirio de nacimiento, se encuentra refugiado de la guerra en la ciudad de Sarmada, cerca de la frontera sirio-turca, en la castigada provincia de Idlib. Junto a él están su esposa y su hija de tres años. 

El pasado sábado, 15 de febrero, Mehmet, como en otras ocasiones, llamó a Abdalla para preguntarle cómo iba la cosa. Este le contó lo que hacía muchos días con su hija, Salwa, para que el estruendo diario de las bombas no golpeara su pequeño corazón de tres años. Jugaba un poco al engaño para proteger a su niña. Jugaba a que lo que sonaba no era la guerra, sino otra cosa mucho más divertida. Y mandó un vídeo mostrándoselo a su amigo Mehmet. Era otra cara del cruento conflicto sirio.

"Me envió el vídeo y me afectó mucho", dice en un intercambio de mensajes Mehmet, que trabaja en Estambul para la Asociación Médica para Expatriados Sirios (SEMA, en sus siglas en inglés). En un principio, este se lo enseñó a su mujer, lo habló con ella y puso un mensaje de texto, sin la grabación, en su cuenta de Twitter. Pero quería mostrar el vídeo. Le pidió permiso a Abdalla y este se lo dio. 

La sonrisa y carcajada de padre e hija cada vez que jugaban conquistaron la Red —acumula al cierre de este artículo 1,3 millones de retuits y 2,5 millones de visualizaciones—. "¿Es un avión o un proyectil?", le pregunta Abdalla a su hija mientras la graba con el móvil, ella a su vera, en pie sobre un sofá. "Un proyectil", quiere adivinar Salwa. "Cuando caiga hay que reírse", prosigue Abdalla. "¡Ha caído!". Risotadas de los dos bien grandes.

 Este diario ha contactado con Abdalla, tremendamente atareado por el éxito mediático de su vídeo. "Juego con Salwa cuando caen las bombas", dice en un intercambio de audios a través de WhatsApp, "para que la personalidad de mi hija no se vea influida por la guerra". No esconde a la pequeña de tres años. Comparte más de una veintena de vídeos y fotos de su día a día con Salwa, jugando con sus muñecas, correteando por la casa, hablando los dos, padre e hija, paseando por las calles de tierra de Sarmada —la madre, más pudorosa, no aparece junto a ellos—. "La idea me vino de los fuegos artificiales a los que juegan los niños", prosigue Abdalla. "Transformé la idea de los fuegos artificiales para mi hija". Y funciona.

 Abdalla, proveedor de servicios de Internet, logró convencerla de que aquello era un juego de niños, petardos que lanzaban en la calle para divertirse. Este joven sirio huyó junto a su esposa e hija de la ciudad de Saraqib, a unos 50 kilómetros de Sarmada, a principios de febrero. Ahora la familia vive en casa de un amigo. El régimen de Bachar el Asad atacaba por cielo y tierra a las milicias armadas rebeldes, aposentadas allí, en uno de los puntos clave en la batalla desatada por la conquista de Idlib, en el oeste del país. Ellos quieren cruzar a Turquía, como muchos del casi millón de desplazados que se agolpan en la frontera, del lado sirio.

El pasado lunes, cuando el vídeo volaba por la Red sin apenas datos sobre padre e hija, la agencia de noticias turca Anadolu buscó y localizó a Abdalla. El reportero Esref Musa, según cuenta a este diario, le grabó junto a su hija. En una de las escenas, Abdalla saca a la niña a la terraza. Sobre la colina al fondo de la imagen cae un proyectil. Mientras el estruendo se va apagando, el papá se lo muestra a Salwa señalando hacia la humareda. Luego siguen jugando a que eso no tiene que ver con la guerra, a que son cosas de chiquillos.
"Espero que el vídeo", continúa Abdalla durante la conversación con este diario, "sea difundido en todos los lugares del mundo para que transporte una nueva idea que, a mi juicio, ningún padre había pensado antes". Hasta ahora, al menos, nada así tuvo tanto eco.

La charla con Abdalla, a través de WhatsApp, finaliza. Él hace la última pregunta:

- ¿Nos podéis ayudar a salir de la guerra?"                      (Óscar Gutiérrez, El País, 20/02/20)

8/6/18

Gila: “Nos fusilaron al anochecer, nos fusilaron mal”

"Nos fusilaron al anochecer, nos fusilaron mal”.

El humorista Miguel Gila (Madrid, 1919 – Barcelona, 2001), que trascendió en la cultura popular española con sus monólogos sobre la guerra, sabía de lo que hablaba. Mediante el surrealismo (“¿está el enemigo? Que se ponga”), el esperpento (“me dice el tío: '¡Oye que me has dado!'; pues no seas el enemigo”) y el costumbrismo (“¿a qué hora piensan atacar mañana? ¿no puede ser por la tarde, después del fútbol?”) Gila proponía un ejercicio terapéutico no tanto de reconciliación con la contienda como de memoria sentimental.

 Reinventando la Guerra Civil española, reescribiéndola y, por encima de todo, nunca olvidándola. Él mismo fue uno de sus muertos pero, como si de uno de sus chistes absurdos se tratase, vivió para contarlo.

En su autobiografía Y entonces nací yo. Memorias para desmemoriados (Temas de Hoy, 1995), Miguel Gila contó por primera vez la noche que fue fusilado. Afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas, mintió sobre su edad (tenía 17 años) para alistarse en el ejército tras el golpe militar de Franco de julio de 1936 y acabaría formando parte del Regimiento Pasionaria.

En diciembre de 1938, cuando todavía quedaban cinco meses para el final de la guerra, su cuadrilla ya se daba por vencida vagando por los campos de Córdoba: sin munición, sin camiones y sin agua, fueron capturados por el dichoso “enemigo” (en este caso, la 13.ª división de Yagüe). “No le tenía miedo a la muerte”, recordaba Gila, “estaba tan agotado, tan devorado por los piojos, por el hambre, el frío, el cansancio y la sed, que morir podía ser una liberación”.

La lluvia no dejaba de caer mientras el regimiento de Miguel Gila esperaba a “pagar el precio de la derrota”. Les habían quitado los abrigos, las botas y las mantas y les habían sentado en el suelo durante horas mientras sus captores saqueaban una finca. La dueña, una mujer de unos 30 años, salió de la casa gritando: “¡Viva Franco!”. No le sirvió de nada: la violaron entre todos.

Después llevaron a los detenidos a un descampado. “El piquete de ejecución lo componían un grupo de moros con el estómago lleno de vino, la boca llena de gritos de júbilo y carcajadas, las manos apretando el cuello de las gallinas robadas”, escribió Gila

. El alcohol distrajo a los verdugos de formalidades (no hubo “listos, apunten, fuego”) o protocolos: dispararon a los 14 hombres una sola vez, sin rematarlos con un tiro de gracia, y siguieron bebiendo mientras asaban las gallinas robadas.

“Por mi cara corría la sangre de aquellos hombres jóvenes”, dijo Miguel Gila, un chaval de 19 años, que se quedó toda la noche haciéndose el muerto en el barro bajo la lluvia mientras sus captores bebían y comían. Al amanecer, cuando ya se habían ido, se incorporó, buscó otros supervivientes y encontró solo uno: el cabo Villegas.

Le hizo un torniquete en el muslo para que dejara de sangrar y le cargó en su hombro para recorrer los 18 kilómetros que separan El Viso de Los Pedroches de Villanueva del Duque (Córdoba). “Me fue difícil cruzar el río [Guadamatilla], sucio y revuelto por las lluvias. El cabo Villegas no pesaba mucho y yo era un muchacho fuerte, pero el terror del fusilamiento había aflojado mis piernas”, confesaba Gila

Los dos soldados se metieron en la primera casa que encontraron. “El miedo se había quedado atrás, en el lugar del fusilamiento; el hambre y el frío me habían dado el valor o me habían quitado la cobardía. Lo mismo da”, dijo Gila.

En el interior había un grupo de legionarios que luchaban en el bando nacional, que “odiaban a los moros”, y le dejaron secar su ropa, le dieron agua, una lata de carne, otra de sardinas, pan, tabaco, tomates, una manta y unas alpargatas y le pidieron que se marchase para no meterse en problemas con sus superiores.

Unas horas después, ya recuperado, Gila se unió a una fila de detenidos. Pasó cinco meses en el campo de prisioneros de Valsequillo (Córdoba), tras los cuales fue trasladado a la cárcel de Yeserías (Madrid) primero y a la de Torrijos (Madrid) después, donde coincidió con el poeta Miguel Hernández. Allí empezó a dibujar viñetas de humor. Estuvo entre rejas menos de un año, hasta el verano de 1939. El cabo Villegas perdió una pierna, pero logró sobrevivir.

Durante los cuatro años posteriores que pasó haciendo el servicio militar comenzó su carrera como escritor cómico en publicaciones como La codorniz, Hermano lobo o Flechas y Pelayos. En 1951 se subió al escenario del teatro Fontalba (Madrid) e improvisó un monólogo sobre sus experiencias en “la guerra”. Nunca especificaría cuál. No hacía falta.

A mediados de los 50, Miguel Gila ya era un humorista popular. Francisco Franco le invitaba al Palacio de La Granja durante las conmemoraciones anuales del 18 de julio, a pesar de conocer sus afiliaciones socialistas, porque a su mujer Carmen Polo le hacía mucha gracia “lo ocurrente que era”. Gila aseguraba que no tenía identidad política desde que rompió su carnet de las Juventudes Socialistas minutos antes de ser capturado aquella noche de diciembre de 1938.

Y esa fue la clave de su éxito. Si la actriz Carrie Fisher (la heroína de Star Wars) decía que “tienes que coger tu corazón roto y convertirlo en arte”, Miguel Gila agarró su síndrome postraumático (mucho antes de que los psicólogos nombrasen el término), lo zarandeó y no solo lo convirtió en arte sino en una rentable carrera profesional, un legado cultural y un bálsamo social. Gracias a Gila las dos Españas empezaron, poco a poco, a reírse juntas.

Tras un exilio (básicamente por cuestiones de trabajo) de 17 años en Buenos Aires, el humorista regresó definitivamente a España en 1985 y forjó su estatus de icono nacional.

Él decía que el humor es la maldad de los hombres dicha con ingenuidad de niño y sus descacharrantes anécdotas sobre el día a día de la guerra demostraron que aquel refrán que asegura que “la comedia es solo el resultado del dolor y el paso del tiempo” podía hacerse realidad incluso en un país con las cicatrices tan mal curadas como España.

“Perdone, ¿podrían ustedes parar la guerra un momento?” era un chascarrillo estrafalario, pero también despojaba a la batalla de heroicidad. Sus participantes, en un bando y en otro, no son héroes ni villanos sino hombres con ganas de regresar a casa y Gila jamás mencionaba a los vencedores ni a los vencidos porque, en realidad, todos habían perdido.

Su comedia resultaba campechana en la forma, pero sofisticada en el fondo. Aquel deje amargo aunque nunca rencoroso, aquella humanidad entrañable y aquel talante resignado forjaron una comedia accesible y universal. Durante los 90, explicaba que Bill Clinton le había contratado para luchar contra Sadam Hussein porque la guerra jamás terminaba y, para Gila, el humor tampoco.

En el libro Miguel Gila. Vida y obra de un genio, de Juan Carlos Ortega y Marc Lobató (Libros del silencio, 2017), Josema Yuste asegura que la comedia de Gila “te tiene que gustar, seas de izquierdas, de derechas, del centro; de arriba, de abajo; seas lo que seas te tiene que gustar”.

Juan Marsé describe que “su humor fulmina la grandilocuencia” y Forges alaba que en sus monólogos “todo lo gris del franquismo cotidiano desaparecía, es uno de los tres reyes magos del humor, con Cervantes y Quevedo”.

Gila fue artista que durante décadas consiguió que todo el país dejase de prestar atención a sus diferencias para regodearse en lo que le une. Miguel Gila utilizó su miseria para sacar a España de la trinchera y sentarla en un diván terapéutico desde el cual encontrar cierta paz con sus propios fantasmas. Al fin y al cabo, él era uno de ellos."                    (Juan Sanguino, El País, 09/04/18)

19/1/18

Cada vez que nos escandalizamos desde la izquierda por un chiste machista o racista, y lo denunciamos como pidiendo amparo al Estado, estamos justificando sin quererlo intervenciones represivas como la Ley de Seguridad Ciudadana...

"Comenzaré con una declaración contundente: no se debería tomar nunca -jamás- ninguna medida ni legal ni penal ni represiva para prohibir, limitar o encauzar las expresiones humorísticas.

Por razones de supervivencia ética y democrática, estamos obligados a permitir que manen y circulen todos los chistes, a la espera de que agoten la vida que llevan dentro, y esto incluye los chistes blancos y los negros y los verdes, los truculentos, los crueles, los escatológicos, los machistas, los racistas, los sacrílegos y, desde luego, los malos y los buenos.

Si algo no puede ser nunca “políticamente correcto” es el sentido del humor, y ello por razones que veremos enseguida. Podemos evitar que la gente haga lo que no debe, podemos evitar incluso que piense lo que no debe; pero es inútil intentar impedir que la gente se ría de lo que no debe. Es peligroso hasta proponérselo.

 De hecho, se me antoja inquietante la tendencia creciente a censurar en las redes, en nombre de las luchas más honorables, el mal gusto de algunas pruebas de ingenio, chascarrillos fachas o chistes bellacos, pues tomarse en serio los chistes, como potenciales fuentes de mal, implica aceptar la lógica de los regímenes dictatoriales o autoritarios, según la cual hay temas que no se pueden tomar a broma. Todo se puede tomar a broma.

 Cada vez que nos escandalizamos desde la izquierda por un chiste machista o racista, y lo denunciamos como pidiendo amparo al Estado, estamos justificando sin quererlo intervenciones represivas como la Ley de Seguridad Ciudadana, umbral autoritario que permitió procesar a Guillermo Zapata o a los miembros de la compañía Títeres desde abajo y ahora condenar a Cassandra Vera.

Defendamos incluso el mal gusto, incluso la miseria mental. Una persona que está a punto de morirse tiene derecho a reírse hasta de su propia madre. Todos estamos a punto de morirnos. El derecho sagrado a no considerar nada sagrado -desde el punto de vista de la risa- se llama sencillamente “mortalidad”. Los que vamos a morir, os contamos un chiste.


Es verdad que, si la risa es universal, los objetos de hilaridad no lo son y que no hay un criterio definitivo para distinguir un buen chiste de uno malo. Por eso conviene empezar por lo que sí sabemos: que a las dictaduras no les gustan los chistes.

 Todas –Hitler, Mussolini, Franco, Pinochet, Gadafi, Ben Ali– crearon redes de confidentes que cazaban el descontento o la disidencia en su último refugio: las conversaciones en los patios de vecinos y los cafés, donde los ciudadanos se defendían del peligro con un cuento cómico o un chascarrillo.

Las dictaduras son serias y se toman a sí mismas tan en serio que, a fuerza de sensibilidad, acaban por considerar malévolas todas las ocurrencias y perseguir sencillamente el sentido del humor.

Terrorífico y, al mismo tiempo, paradójicamente humorístico es el testimonio de un preso -recogido por la escritora Svetlana Aleksievich– que compartió gulag en Bielorusia con algunas personas condenadas a prisión por haber contado chistes, pero también con tres pobres aldeanos de mediana edad que estaban allí, privados de libertad, por… parecerse a Stalin.

Incluso los chistes que hace la naturaleza tienen que ser perseguidos, aunque sea a costa de convertir la realidad misma en un chiste atroz. “¿Tú por qué estás aquí?”, “por intentar matar a Stalin”, “¿y tú?”, “por burlarme del bigote de Stalin”, “y tú?, “por tener bigote, como Stalin”.

Seguro que este chiste, fruto del ingenio popular, existía en 1938; lo contaban en voz baja los moscovitas en los cafés -como denuncia hiperbólica de las purgas stalinistas-, partiéndose de risa ante el poder de la imaginación y sin saber que Stalin estaba realmente llenando las cárceles de tipos que se parecían a él.

Esta anécdota dice muchas cosas acerca de la relación de las dictaduras con el humor y, por lo tanto, acerca de las dictaduras y acerca del humor mismo. La primera es que las dictaduras no entienden, y tienden a borrar, las fronteras entre la realidad y la ficción, que es justamente la que el humor afirma y defiende como propia de la condición mortal de los humanos.

El chiste de Stalin era la realidad de sus víctimas. Un chiste típico de dictadura es el de coger a un prisionero, ponerlo frente a un paredón y fusilarlo con balas de fogueo. Al prisionero no lo han matado de verdad, pero sí que ha muerto realmente.

Los chistes materiales, cuya ficción no es consciente y compartida por todas las partes, se llaman bromas y en general suelen tener poca gracia. Pensemos en las novatadas de los cuarteles o en esos programas televisivos de “cámara oculta” en los que la risa unilateral se basa en la ignorancia de la víctima, a la que se exige luego, una vez desvelado el montaje, que celebre el ingenio de su verdugo.

Durante el Ramadan de 2016 la dictadura egipcia emitió una serie, de título Mini Daesh, consistente en grabar las reacciones de inadvertidos egipcios a las que se hacía creer que habían sido capturados por el Estado Islámico y que estaban a punto de ser violados, asesinados o utilizados en un atentado suicida. Eso no es humor.

El humor implica la aceptación consciente del tablero por parte de todos los participantes: “voy a contar un chiste”. Es como el juego: podemos jugar a indios y vaqueros y matarnos de mentiras con pistolas de juguete, pero ya no se trata de un juego -aunque al final el gesto se revele ficticio- si fingimos el fusilamiento de un prisionero o hacemos creer a una mujer que el Daesh está a punto de degollarla. Esa broma se llama tortura.

 Las dictaduras, que torturan y se ríen de sus víctimas, no tienen sentido del humor -y lo persiguen- porque no distinguen entre realidad y ficción. Los militares, los machistas, los racistas son bromistas; los borrachos y los poetas son chistosos.

Ahora bien, no distinguir entre realidad y ficción implica tomárselo todo en serio. Un chiste sobre Bachar Al-Asad o sobre Erdogan -ahora que el gobernante turco ha entrado en un precipicio autoritario- no es un enunciado indoloro o apotropaico que se disuelve en sí mismo y en el alivio que produce a sus oyentes: es ya un magnicidio.

Para el dictador no hay ninguna palabra que no sea una acción; ninguna queja que no sea una puñalada. Se toma igualmente en serio un chascarrillo y un disparo, un epigrama y una conspiración, sin distinguir entre la consistencia ontológica de uno y de otra, y ello porque se toma demasiado en serio a sí mismo. ¿Y de dónde extrae tanta seriedad? El que cuenta o escucha un chiste se sabe y se declara mortal. El que se toma en serio a sí mismo se niega a aceptar esta condición.

El que se quiere inmortal, y tiene los medios para matar a los otros, no puede escuchar un chiste sin sentir amenazada su inmortalidad. Los dictadores y las dictaduras creen que su poder absoluto, que decide sobre la vida ajena, decide también sobre la propia muerte. Todo poder absoluto se cree inmortal y, frente a él, cualquier expresión alegre o jocosa, porque cuestiona su inmortalidad, cuestiona su poder.

Sólo los que se saben mortales tienen derecho a contar chistes, incluso malos, incluso racistas, incluso sacrílegos; y por eso el chiste es siempre un imperativo de libertad frente a los que, ignorantes de su inmortalidad e incapaces de distinguir entre realidad y ficción, tratan de imponer por ley el juego mortal de la seriedad generalizada e ininterrumpida.

Pero la anécdota de Stalin sirve también para que reflexionemos sobre los géneros y sus diferencias. ¿Por qué Stalin encarcelaba a inocentes que se le parecían físicamente? Hay una explicación psicopática: Stalin era único e irrepetible y no podía aceptar la existencia de ninguna réplica suya suelta por el mundo.

Hay otra explicación paranoico-policial: su doble, en libertad, podía suplantarlo en su propia ventaja o con el fin de amenazar la seguridad del Estado. Y está, finalmente, la explicación más sencilla.

 Los pobres aldeanos no eran idénticos a Stalin; se le parecían. Eran, por tanto, caricaturas de Stalin. Estaba prohibido caricaturizar a Stalin y, si la Naturaleza producía caricaturas de Stalin, había que retirarlas de la circulación, como se hubiera hecho con un periódico o un panfleto.

Si hay que tener presente la diferencia entre un chiste y una broma, no menos la que distingue el chiste de la caricatura. El chiste verbal, lo decíamos, habla siempre de la mortalidad compartida: el narrador es tan mortal como el objeto del chiste, habitualmente fuera de la habitación, y el oyente, mortal también, se reserva el derecho o no a reírse.

El chiste, además, al igual que la metáfora, relaciona dos mundos paralelos inconmensurables, pero lo hace contra toda lógica y por eso hace reír: uno de los “esquemas” más conocidos es precisamente el que, a modo de adivinanza, inicia el chiste con un “¿en qué se parecen?” (“¿En qué se parecen un boxeador y un telescopio?”, “en que los dos hacen ver las estrellas”).

Otro esquema frecuente y fecundo es el de “se abre el telón”, que explota igualmente la aproximación disparatada entre dos realidades inconmensurables: siempre me ha encantado -lo confieso- ese que describe a una mujer grande y gorda, de pie en una silla sobre el escenario, a la que da un calambrazo la bombilla que está intentando enroscar en el techo: “¿cómo se llama la película?”, “el amperio contra Paca”.

La caricatura gráfica, en cambio, explota el parecido y eso hace que el objeto de la misma se reconozca en la deformidad materializada. No es por justificar a Stalin, pero era comprensible que se sintiera más ofendido por una caricatura -incluso por una caricatura viva- que por un chiste.

 La caricatura no narra nada; está hecha para ridiculizar y de manera expansiva y parásita, pues a ese parecido se le puede adherir cualquier accesorio ideológicamente degradante. Pensemos, por ejemplo, en la famosa caricatura publicada en el Charlie Hebdo en la que se representaba a Mahoma, narigudo y barbudo, con una bomba sobre el turbante.

Eso no es un chiste. Lo explicaba muy bien el dibujante franco-argelino Halim Mahmoudi, amigo de muchas de las víctimas del atentado de enero de 2015, al establecer un paralelismo entre esas caricaturas y las que el antisemitismo popularizó hace cien años en toda Europa: “nada hay más explícito y directo que una caricatura”, dice; “no están destinadas ni a hacer reír ni a hacer reflexionar”.

Naturalmente no hay que prohibirlas, pero sí diferenciarlas de una viñeta chistosa y amarga, como las que -por ejemplo- dibuja El Roto en El País. O esa que -hace unos meses- representaba a un blanco rico en el muelle de un puerto mientras contemplaba cómo se ahogaban dos o tres refugiados en el agua: “¿pero por qué creéis que venimos a robaros?”, preguntan los náufragos. “¿Porque eso es lo que hacemos nosotros cuando vamos a vuestros países”.

Al contrario que estas viñetas, la caricatura no hace reír; y no hace pensar; y por eso sería bueno no utilizarla en ningún campo, salvo en el del retrato turístico. Si no podemos prohibirla como recurso discursivo en los debates electorales, tampoco podemos prohibirla en el Charlie Hebdo, por mucho que algunos puedan sentirse ofendidos por ellas. A la espera de que aprendamos a ser graciosos y buenos, habrá que aprender a ofenderse con razón y sin matar a nadie.

Los chistes no hacen pensar, pero hacen reír; o al menos ése es su propósito. Siempre he estado de acuerdo con Kant y Bergson en el sentido de que son “un placer del entendimiento” asociado a una “tensión intelectual que se resuelve en nada”.

Kant nunca vio ningún problema moral en ellos. Bergson, en cambio, sí. En su ensayo sobre la risa escribió: “lo cómico exige algo así como una anestesia momentánea del corazón”, de manera que la hilaridad provocada por un chiste racista implica sacrificar toda empatía a esa disfrute inmediato de la “inteligencia pura”.

Sé que no es “políticamente correcto”, pero -volviendo al principio- creo en el derecho sagrado de los mortales a contar chistes buenos y malos al margen de un juicio ético o moral. Los chistes constituyen un placer de la pura inteligencia, sí, y son, por lo tanto, potencialmente injustos en un mundo materialmente desigual.

Su esquema necesita siempre un objeto humano -víctima de la risa- cuya completa idiotez disparatada a veces se vira, por compensación “clasista”, en aguda inteligencia: pensemos, por ejemplo, en los chistes de nuestro Jaimito o en el Juha árabe.

 ¿Hay muchos chistes sobre judíos? Los había y no por casualidad; y sin duda su disminución tiene que ver con la falta de sentido del humor de Hitler, que los caricaturizó y se los tomó en serio. Pero, ¿un chiste sobre judíos empuja o justifica el Holocausto?

No es el esquema del chiste sino los hablantes, cuando dejan de reírse y por otros motivos, los que matan. Cada pueblo, de hecho, cuenta chistes sobre el pueblo vecino. Que el objeto del chiste es una función abstracta y no la finalidad malévola del cuento lo demuestra, por ejemplo, la elección de Lepe como objeto de una inagotable fertilidad chistosa en la España de los años 90.

La mayor parte de los españoles no ha estado nunca en esa ciudad; y no tenía antes ni tiene ahora una mala opinión de sus habitantes. Puede que la epidemia empezara en el pueblo de al lado por una rivalidad local, pero lo cierto es que todos, sin saber nada de los leperos, repetimos los chistes y, cuando son buenos, nos mondamos de risa con ellos.

“Lepero” es una función, no un objeto de odio, y en su lugar, en efecto, se podría poner cualquier otro nombre. De hecho, apenas viajas un poco, escuchas el mismo chiste -idéntico en su forma y su desenlace- en España sobre los leperos, en Túnez sobre los libios, en Egipto sobre los saidi, etc. Pensemos también en el esquema “un inglés, un francés y un español” que se repite en todas las lenguas intercambiando los papeles según la nacionalidad del narrador.

Es verdad: en un chiste siempre alguien de fuera “queda” mal y el chistoso, al reírse, asume su superioridad y la de sus oyentes solidarios. Pero es una superioridad sin ventaja. No gano nada con ella, salvo -en el caso de contarlo bien- el reconocimiento social de “chistoso”, un papel exigente del que uno ya no puede librarse nunca más y en el que nos jugamos, cada vez que abrimos la boca, nuestro destino. Es mejor no contar bien chistes.

 Contar bien los chistes ha llevado a más gente a la cárcel que a la gloria, al gulag que a la tiranía. No creo que los chistes introduzcan mucho mal en el mundo. No creo que ofendan, salvo a los dictadores y a los fanáticos. O sí, porque la vida es muy jodida y ofenderse forma parte también de nuestra condición mortal.

Pero la mejor defensa, individual y colectiva, frente a un chiste es otro chiste y, en efecto, los españoles cuentan chistes de los franceses, que a su vez cuentan chistes de nosotros. Hace tiempo que no hay guerras entre Francia y España y no parece que un chiste de gabachos ponga en peligro la paz con nuestro irritante, arrogante, chovinista y displicente país vecino.

 Hay chistes crueles, truculentos, sanguinarios, pero si tienen gracia -si cumplen el esquema de tensión inteligente y resolución en nada- la risa misma ofusca o “censura” el contenido. Si son malos es otra cosa. Un mal chiste sobre judíos o sobre negros o sobre “maricones” es como una patada en los huevos, salvo que los cuente un judío, un negro o un “maricón”.

 Cuando el chiste es malo y no hace reír, el esquema se convierte en caricatura y en broma y el contenido pasa a dominarlo todo. No tiene gracia, si no tiene gracia, hablar de judíos después del holocausto ni de negros después de siglos de esclavitud o de gitanos tras siglos de exclusión y rechazo.

 Pero si tiene gracia, los judíos, los negros y los gitanos son sólo “operadores” o “funciones” de la pura inteligencia hilarante. Nadie se ríe de un judío cuando se ríe de un buen chiste; se ríe de un buen chiste. Si el chiste no es bueno y, a pesar de todo, nos reímos, entonces es que somos racistas o machistas u homófobos y con racistas y machistas y homófobos no debemos compartir una mesa.

En todo caso no son los chistes, ni siquiera los malos, los que matan; son los dictadores, los fanáticos, los machistas y los racistas, cuya incapacidad para distinguir la ficción de la realidad, y por lo tanto para reírse, se fabrica en otro lado. Los chistes malos -los racistas y machistas- se acabarán con el racismo y el machismo.

 Pero quiero creer que, cuando acabemos con el machismo y el racismo, seguiremos contando chistes, porque somos mortales, y habrá en ellos judíos, negros, gitanos, mujeres, hombres, franceses y leperos, porque siempre necesitaremos apoyarnos en una diferencia discursiva y en una resistencia exterior para ser graciosos.

Las dictaduras, decíamos, no cuentan chistes; los hacen realidad y, por supuesto, sin gracia: como caricaturas o como bromas. Eso hacía Stalin y eso hace Al-Sisi en Egipto. Contemos chistes, aunque sean malos, aunque sean crueles. Cuando las tiranías -o la sensibilidad políticamente correcta- empiezan a perseguir los chistes es que la realidad misma se está convirtiendo en una broma muy seria.

 Tenemos derecho a contar chistes y la obligación de combatir las tiranías. Es la fragilidad común la que autoriza esa “suspensión de los afectos”, como decía Bergson, en favor de una inteligencia negra, fatalista, autista, que sólo encuentra consuelo en reírse de sí misma. Es la fragilidad común la que obliga también a hacer política.

 Los supervivientes cuentan chistes. Los supervivientes se unen contra la injusticia. Todos lo somos -supervivientes- de manera provisional. Todos lo somos -supervivientes- hasta que nos muramos. O hasta que nos mate -no lo consintamos- el fanático, el marido, el invasor o el tirano.

(Una versión más corta de este artículo fue publicada originalmente en la revista en papel Bostezo, Época II, número 0, enteramente dedicado al humor y cuyo contenido recomiendo).

(Santiago Alba Rico es filósofo y columnista. Su última obra es Ser o no ser (un cuerpo), publicada por Seix Barral. Cuarto Poder, 13/04/17)

28/2/17

Susan George: “Si Trump visita España, salid a la calle y reíd con todas las fuerzas”

"(...) este jueves cientos de personas abarrotaron el anfiteatro del Centro Cultural Galileo -un elevado número de asistentes tuvo que quedarse fuera ante la falta de aforo- para escuchar a, entre otras personas, la activista Susan George, leyenda viva del pensamiento altermundialista y presidenta de honor de ATTAC. 

George, estadounidense con doble nacionalidad francesa que pronto cumplirá 83 años, transmitió su optimismo recordando que al inicio del movimiento era una locura plantear tasas a las transacciones financieras y apenas se hablaba de paraísos fiscales, dos ideas de plena vigencia en el debate actual. “Gracias a ATTAC mucha gente se interesó en la economía, que era percibida como un tema ajeno y lejano”, afirmó.

George achacó estas victorias a la labor pedagógica de ATTAC y animó a la acción no violenta, citando el ejemplo de los activistas franceses que a finales de 2016 emprendieron el secuestro simbólico de sillas en cientos de sucursales bancarias de todo el país, una medida simbólica que les brindó visibilidad mediática y la simpatía de muchos ciudadanos. También habló de Trump, el Brexit, la “colonización alemana en Grecia” y el auge de la extrema derecha, fenómenos que achacó a la falta de alternativas y esperanza.

“Si Trump viene a España a visitar la Moncloa, mi sueño es que salgáis a la calle y riáis con toda vuestra fuerza”, pidió George a los asistentes, quien además dejó espacio a la autocrítica al reconocer que este movimiento sigue siendo desconocido para gran parte de la clase obrera y confesó que su mayor preocupación es la lucha contra el cambio climático: “Tenemos una gran oportunidad de movilizar a la gente estableciendo vínculos entre estos problemas”. (...)"    (La Marea, 27/01/17)

17/5/08

“¡Mamá, ese niño malo se está riendo de mí! ¡Pégale!”

Infantilismo nacionalista:
"Son un comando de intelixencia galega, termo contraditorio se os houbese"
Así respondeu o arxentino que publicou un libro "racista" con chistes de galegos á denuncia legal feita pola colectividade galega.
Chámase Ricardo Parrota e ten –el coma os seus fillos- nacionalidade española. Parrota, que emprega o pseudónimo Pepe Muleiro para escribir os seus libros como o novo 'Super chistes gallegos', tomouse de broma a denuncia por discriminación presentada contra el, aínda que aclarou que non ten a 'intención de ofender a ninguén'. (…)
'Eu fago chistes de todo tipo, non só de galegos, e vendín máis de dous millóns de exemplares dos meus libros. Todos os anos fan este tipo de manifestacións', indicou. (…)
'Os xudeus fan os seus propios chistes sobre os campos (de concentración), os franceses rinse dos belgas, os uruguaios dos arxentinos. Un chiste é un chiste, punto. Non hai intención de ofender a ninguén', escusouse Parrota.” (Vieiros, 16/05/2008)
Los del llano, se ríen de los brutos que son los de la montaña. Los castellanos, de los gallegos. Los catalanes, de los charnegos. Los vascos, de los maketos.
Siempre, desde que el mundo es mundo, los de la ciudad se ríen de los de la aldea, y los ricos, de los pobres. De los diferentes. De los que comen con la boca abierta. De los que saben lo que es la miseria, el hambre. De los que trabajan con las manos. De las minorías.
Y la cursilería políticamente correcta no va a acabar con eso.
Esperemos. Seria mucho peor y profundamente estúpido, sin el más mínimo sentido del humor, que los pusilánimes protagonizaran la innecesaria defensa de los campesinos, de las criadas, de los barrenderos. Como si lo necesitaran, cuando sólo lo necesitan ellos, los pequeños de espíritu. Los espíritus sensibles de medio pelo nacionalista. Como dice seguidamente, Ramón Reboiras:
“No conozco el contenido del libro en cuestión, pero sí su música cuartelaria y el insoportable tonillo que desde casi bebés tenemos que soportar los gallegos de toda condición. No conozco el contenido, pero he oído miles de veces la definición del personaje gallego por excelencia, del hombre de los chistes que nos ampara: sucio, ahorrador hasta la miseria, trabajador nato, desconfiado cerril, inculto, supersticioso.
Y cada vez que ocurre esta situación, ya ha pasado varias veces a lo largo de los últimos tiempos, pienso siempre lo mismo: ¿y qué decir de los chistes de los argentinos en España? ¿y de ese hombre de Mallorca que pone que perros y rumanos van a salir echando hostias de su tienda? ¿y cuántas veces no han oído el típico chiste del mariquita o del paralítico por no decir del gitano? ¿conocen aquel por ejemplo de la receta de la tortilla a la rumana que empieza diciendo: primero se roban los huevos?...
Reírse de uno mismo no es siempre una condición necesaria para superar esos ardores patrióticos, sobre todo si en esas chanzas abunda la zafiedad, la obviedad y la sal gorda, pero sí debe ser el piloto automático que indica el grado de madurez universal de una cultura. Que se hable de nosotros (aunque sea mal) en Argentina es consecuencia directa de esos casi cinco millones de personas que directa o indirectamente llevan sangre gallega por sus venas. Es más, siempre recomiendo el mismo ejemplo: vuelvan a ver las películas de Woody Allen, lean sus libros, para ver como alguien puede hacerse más fuerte y universal a partir de los lugares comunes sobre su propio origen: en este caso, con todo lo terrible que a veces puede ser, los del del pueblo judío. (…)
Me gustaría conocer al señor Parrota, por lo que veo tiene orígenes italianos lo que en Buenos Aires es señal de competencia comercial con los gallegos, un poco zapateros, ellos, contra lecheros, nosotros, me gustaría conocer al señor Parrota, disfrazado para la ocasión de Pepe Muleiro, y darle una oportunidad: si al décimo chiste no me río le condeno a escuchar el pasodoble Ponteareas 300 veces seguidas por el ipod y si después de eso me sigue contando chistes de gallegos le invito a que lea el pregón en la Festa do Carneiro de mi pueblo a ver si tiene güevos.
La ironía es uno de nuestros bienes más preciados y habría que enseñarle al mundo que más que un pueblo de chiste somos maestros en el humor universal y en el reino de la paradoja, que desafíamos las leyes de la inercia y practicamos el conocimiento del más allá, que sabemos sortear las sombras y caminar sobre el fuego… en cualquier caso recomiendo que nos riamos hasta que se nos desencajen las mandíbulas, hasta que nos descojonemos vivos de gentes como el señor Parrota que pretende que nos lo tomemos en serio. Flaco favor a la patria ese de tomarnos en serio.” (RAMÓN REBOIRAS: De chiste. El País, ed. Galicia, 16/05/2008, p. 4)

21/1/08

¿El optimista es un humorista? El mensaje político tiene que serlo

“Hace unos años, Haroíd Zullow y Martín Seligman, psicólogos experimentales de la Universidad de Pensilvania, se propusieron estudiar qué tipo de presidente quieren los estadounidenses. Con este objetivo, contrataron a un equipo de expertos del lenguaje que analizó retrospectivamente el contenido de los discursos pronunciados por los candidatos a la presidencia durante las campañas electorales de 1900 a 1984, sin saber el nombre de los autores. Los 18 candidatos considerados más optimistas por los evaluadores en las 22 elecciones que se realizaron durante ese periodo fueron elegidos presidentes. Conclusión: el electorado prefirió en el 82% de los comicios al aspirante más optimista.

Animados por el descubrimiento, estos investigadores decidieron utilizar el mismo termómetro del optimismo para pronosticar los resultados de las elecciones a la Presidencia y al Senado de 1988. Sus predicciones, registradas dos semanas antes del sufragio, fueron sorprendentemente correctas. No sólo anunciaron de antemano los triunfos de George Bush padre sobre Michael Dukakis y de 25 de los aspirantes que participaron en las 29 contiendas para el Senado, sino que también anticiparon con precisión la mayoría de los márgenes de las victorias.

El optimismo de los pretendientes al timón de EE UU que estudiaron Zullow y Seligman se reflejaba de varias maneras en el texto de sus intervenciones. Por ejemplo, ante problemas complejos decían ver claramente su causa y su solución. Al mismo tiempo, manifestaban un estilo positivo de interpretar los sucesos que les afectaban. Sus explicaciones se caracterizaban por considerar los graves reveses como ligeros inconvenientes pasajeros sin impacto en el bienestar del país. Las declaraciones de estos aspirantes optimistas también se distinguían porque en ellas no asumían responsabilidad personal por los fracasos de sus políticas, sino que los achacaban a circunstancias incontrolables, a fuerzas destructivas ajenas o a enemigos malévolos. Sin embargo, ante los acontecimientos favorables, aunque fuesen fortuitos, tendían a afirmar que los beneficios serían perdurables y moldearían muchas facetas de la salud social de la nación. Tampoco dudaban en proclamar que esos hechos imprevistos eran fruto de un plan preconcebido por ellos, lo que les hacía dignos de la recompensa de los votantes.” (Luis ROJAS MARCOS: “Elecciones en EE-UU: optimismo frente a sabiduría”. El País, 18-Octubre-2004, p. 16)

Para estar bien informado, programas humorísticos

“Durante el análisis del primer debate presidencial en The Daily Show, un programa humorístico de televisión que remeda los telediarios, el presentador, Jon Stewart, llamó a sus enviados especiales para comentarlo.

"Ed, ¿cómo están los partidarios de Kerry?"

"Eufóricos, Jon. La gente de Kerry no podría estar más feliz. Su candidato se enfrentó a un presidente en guerra que nunca ha perdido un debate y se mantuvo en sus trece".

"Muy bien", dijo Stewart. "Y Rob, ¿cuál es el talante en el bando de Bush?".

"Triunfal, Jon", contestó el corresponsal. "Un triunfo orgásmico. Su hombre se enfrentó a John Kerry, el pico de oro virtuoso de las palabras y capitán del equipo de debates de Yale, que viene afinando sus habilidades oratorias desde los tres años y, a su modo de ver, Bush ha sido el gran ganador de la noche por no haberse echado a llorar".

El intercambio -que acabó con la súplica del corresponsal en la campaña de Bush de "¡Tenéis que reelegirle!"- fue una disección inteligente tanto de la superficialidad con que se manipula la información sobre la campaña, una táctica utilizada para influir en la opinión pública, como de la capacidad de los medios para aceptar tal tendenciosidad.

Se emitió en el canal de cable Comedy Central, mientras los auténticos especialistas en manipulación informativa se afanaban en ofrecer en otras cadenas sus interpretaciones para perfilar el resultado del debate. A fin de asegurarse de que no había ningún malentendido, durante una pausa para publicidad, Stewart hizo un recordatorio a su audiencia. "No olviden", dijo con gravedad, "que no somos las noticias de verdad". (Información política satírica, la información más veraz en EE. UU. Warren St. JOHN: Noticias políticas de EE. UU. En clave satírica. The New York Times (selección de El País), 14-Octubre-2004, pags. 1 y 7)

El humor da fuerza (hasta en España) porque nos defiende

“PREGUNTA. He leído tantas cosas sobre las dificultades de hablar con usted que tengo miedo. El también premio Nóbel de literatura polaco Czeslaw Milosz escribió una vez de usted: "Guarda para sí sus asuntos privados y se mueve a una cierta distancia".

RESPUESTA. Hay que poder distanciarse de sí mismo. Y el distanciamiento de sí mismo implica el uso del humor. En muchas ocasiones el humor está presente en mis versos. Los que no saben distanciarse de sí mismos no tienen sentido del humor. Las dos cualidades son inherentes la una a la otra.

P. ¿Es el humor el camino hacia la sabiduría?

R. Es una gran cuestión, un tema muy amplio y habría que pensar profundamente sobre la respuesta, que no es fácil. En primer lugar debemos responder a la pregunta de si la sabiduría es accesible. Sin lugar a dudas, el humor constituye un paso hacia esta meta y permite al hombre ampliar sus conocimientos.

P. ¿Es quizá un mecanismo de defensa?

R. También, sin duda alguna. Y es muy importante en este sentido. Muchas veces, en momentos difíciles, el humor da fuerza. Esto ocurrió también más de una vez en España. Por supuesto, hay situaciones donde no hay lugar para el humor en las que nadie tiene ni siquiera fuerza para bromear. Pero en la vida cotidiana, que nos presenta constantemente muchos problemas, el humor nos ayuda y nos anima.

P. ¿Hay un componente de escepticismo en el humor?

R. Por supuesto que sí. Es una posición muy buena para afrontar la vida. Nos protege contra brotes de entusiasmo precipitado o sentimientos de desesperación y desilusión cuyas fuentes resultan luego menos agudas o difíciles de afrontar.

P. ¿Y el cinismo en el humor?

R. Pues no. El cinismo y el humor son cualidades totalmente ajenas una a la otra, y si alguien me dijera que en mis versos encuentra el cinismo, esto me afligiría mucho. Personalmente no encuentro en mi poesía el nihilismo ni el cinismo porque en mí no hay desprecio. La ironía, presente en mis versos, podría resumirse en las palabras: "Yo soy como tú". (Wislawa SZYMBORSKA (Premio Nóbel de Literatura) : “Los verdaderos autores del mal que existe y seguirá existiendo en el mundo no leen poesía”. El País, Babelia, 20-Noviembre-2004, p.10)

Si no hay más remedio...

“El filme de Bakri fue prohibido en Israel, pero conseguiría el respaldo internacional con varios premios. El director no sabe exactamente cuánta gente murió en la operación de Jenin pero a su documental no le importaba el número de muertos sino "lo que la gente sentía, la ocupación y su crudeza y la falta de valores del ejército israelí". Y al decir esto se interroga "qué significa disparar a una mujer embarazada, a un anciano con los brazos en alto o a un hospital".

Por todo ello concluye que lo que ocurre en Palestina "no es una guerra, porque en la guerra hay leyes", y enumera una lista de monstruosidades. A pesar de todo, Bakri, que detesta el terrorismo de Hamás, piensa que habrá un futuro de paz, que lo que hace es correcto y "algún día los israelíes llegarán a este convencimiento". Y pone las bases para que así sea con la próxima realización de un nuevo filme "con mucha risa". "Si nos reímos estaremos mejor", confiesa Bakri, que cree que "no hay otra solución" para mejorar la situación "porque la otra es el suicidio y no la acepto. Uno debe reírse hasta que las cosas cambien". (“Bakri narra el rodaje de “Jenin, Jenin” donde los niños juegan con la muerte”. La Voz de Galicia, 16-Octubre-2004, p. L8)