La Cruz invertida, Cruz de San Pedro o Cruz Petrina: ver Cruz Invertida en Wikipedia
"Granada, la ciudad andaluza que da cobijo a la Alhambra, se preparaba
para la Navidad decorando sus calles como otras tantas urbes españolas.
Sin embargo, un suceso tan inesperado como bizarro la ha situado como
protagonista de la actualidad. Un grupo de manifestantes, apenas unas
decenas de personas, se concentraron el sábado 11 de diciembre frente al
Ayuntamiento pidiendo la dimisión del alcalde.
¿El motivo? Creían ver
en la iluminación navideña cruces invertidas, símbolos demoníacos contra
los que rezaron, mientras que sostenían carteles que calificaban al
arzobispo de traidor y coreaban "fuera el satanismo". Aunque la
increíble escena parecía propia de una película de Álex de la Iglesia no
sólo tuvo lugar realmente, sino que vino precedida por la complicidad
de la ultraderecha.
En los días previos un vídeo que denunciaba la
diabólica amenaza luminosa se difundió por servicios de mensajería. La
diputada ultra Macarena Olona, posible candidata de Vox a las próximas
elecciones andaluzas, manifestó en sus redes el viernes 10 que: "Pensaba
disfrutar con mi pequeño enseñándole la iluminación navideña de las
calles de Granada. Pero no voy a llevarle porque pasaría miedo. Se ha
decidido llenarlas de cruces invertidas. Los sueños de los niños
deberían ser sagrados". Aunque la mayor parte de la gente se tomó a broma el suceso,
e incluso advirtieron a Olona de que esas mismas luces están presentes
en Zaragoza, donde gobiernan los conservadores del PP con apoyo de Vox, el mensaje ya estaba en marcha: España es presa de una conspiración satánica que viene a arruinar los sueños de los niños.
Todo
esto no daría para mayor comentario si no fuera porque en Estados
Unidos durante la década de los ochenta tuvo lugar un fenómeno conocido
como el satanic panic, un profundo acontecimiento social que no
sólo desvió la atención de problemas como la creciente desigualdad
hacia la lucha contra el ocultismo, sino que encarceló injustamente a
centenares de ciudadanos. Una demencial historia en la que se pueden
leer los rasgos paranoides de una sociedad educada en el miedo, pero
también una hábil maniobra cultural del reaganismo. La ultraderecha
española no da puntada sin hilo y tras contribuir a la desinformación
sobre la pandemia, impulsar a los antivacunas e inventarse problemas de
seguridad pública, ahora pretende sacar tajada del pánico a lo
demoníaco. ¿Si funcionó una vez, por qué no habría de hacerlo en esta
ocasión?
Situémonos en el Estados Unidos de la década de los
setenta, un país en crisis, receloso de sus líderes y aún lamiéndose las
heridas por la derrota en Vietnam. El impulso contracultural de los
sesenta ha sucumbido a su raíz individualista y la pretensión de cambiar
el mundo ha quedado reducida a la búsqueda de un cambio interior.
Florecen todo tipo de charlatanes, sectas y gurús en los que los jóvenes
de clase media buscan guía. Charles Manson ha sido sólo el comienzo, el
resultado más extremo de un fenómeno en el que la peculiaridad y la rareza cotizan al alza, algo que rápidamente es captado por los publicistas
que pasan de promocionar productos a asociarlos a estilos de vida
alternativos: los hippies se transformarán en los nuevos yuppies.
Anton Szandor LaVey contempla el momento con optimismo. Su Iglesia de
Satán, fundada en 1966, crece, su Biblia negra vende miles de
ejemplares. Detrás de su culto hay poco más que una mezcolanza confusa
de ocultismo, naturismo y new age, que apela a las pulsiones
más primarias del ser humano contra las reglas sociales: el sexo fácil
es siempre un gran reclamo para tu producto. Lo cierto es que LaVey
tiene un estilo y unas ideas que, paradójicamente, son muy similares a
las que llevarían al reaganismo a su victoria: libertad individual por
encima de todo, autorrealización sin tener en cuenta los contextos
socioeconómicos y una gran cantidad de palabrería contra el concepto de
sociedad. No es casual. LaVey ha sido un lector voraz de Ayn Rand, la
ultraliberal madre putativa de la ola neoconservadora de los años
ochenta.
Ronald Reagan, un actor secundario de western, maneja con
soltura el disfraz. Mientras que por un lado promueve una sociedad de
un hedonismo amoral y egoísta, por el otro se apoya en los
fundamentalistas evangélicos: acciones, coca y porno VHS en una mano y
el ultraconservadurismo integrista en la otra. Todo mezclado con unas
buenas dosis de miedo que, esta vez, tenían que surgir de una amenaza
diferente a la URSS, ya que la caza de brujas había dejado unas
cicatrices que no se debían volver a abrir. Si Arthur Miller escribió Las brujas de Salem como
alegoría del macartismo, en esta ocasión la narrativa persecutoria
copiaría las formas de su denuncia: en vez de rojos habría que
aterrorizar a la población con el príncipe de las tinieblas.
Estados Unidos ya venía asustado de fábrica y películas como La semilla del diablo, El Exorcista o La Profecía
habían ayudado a sembrar en el imaginario colectivo la vuelta del
maligno como una amenaza real. Si a esto le sumamos la popularidad de
casos como los del asesino del zodiaco o el del alfabeto –matar por
entregas siempre es bueno para la audiencia– la pradera estaba lista
para el incendio. Michelle recuerda: una historia verídica de satanismo, fue
un libro publicado en noviembre de 1980, unos pocos meses antes de la
primera victoria de Reagan en las elecciones presidenciales, que se
convirtió rápidamente no sólo en un bestseller, sino en el argumento definitivo para iniciar un auto de fe a escala nacional.
El
libro, escrito por un psiquiatra canadiense que respondía al nombre de
Lawrence Pazder, versaba sobre los testimonios de Michelle Smith acerca
de unos supuestos abusos en rituales satánicos que padeció en su
infancia. El método empleado, el de la regresión hipnótica, de nulo
valor científico, valió como coartada para perpetrar un revoltijo lleno
de lugares comunes extraídos de la cultura pop satánica, hechos no
sustentados en ninguna prueba y que investigaciones posteriores
demostraron falsos. Si además añadimos el pequeño detalle de que
Lawrence y Michelle eran pareja, la estafa resulta aún más evidente.
¿Cómo podemos medir el descomunal éxito del libro? Haciendo notar que en
los siguientes años se registraron más de 12000 denuncias de rituales
satánicos con abusos en los que la policía no encontró prueba alguna de
que hubieran sucedido.
Cuando la máquina del terror se puso en marcha fue imparable, entre
otras cosas porque existía un interés comercial mediático que acompañó
al político. En 1988 se llegó a la cumbre de la locura televisada con
"Adoración al diablo: exponiendo la clandestinidad de Satanás", un
programa especial de dos horas conducido por Geraldo Rivera, presentador
conocido no sólo por su bigote sino también por sus altas dosis de
sensacionalismo. Por el espacio pasaron curas, demonólogos, madres
asustadas, adolescentes confusos e incluso Ozzy Osborne, mediante una
conexión vía satélite con Londres. Rivera afirmó que Estados Unidos
albergaba a un millón de satanistas, obviamente dispuestos a cualquier
fechoría. Existía un país que se reía de estas cosas en el Saturday
Night Live, pero también otro que se las tomaba totalmente en serio. La
idea era poderosa: ya no se trataba tan sólo del miedo al demonio, algo
abstracto y sobrenatural, sino a sus seguidores, camuflados entre tu
familia, tus vecinos o el señor que te vendía el pan. Y por supuesto los
profesores.
El modelo familiar de doble ingreso
propuesto por Reagan había necesitado de la incorporación masiva de la
mujer al mundo laboral, por lo que proliferaron las guarderías y los
colegios infantiles a lo largo de todo el país. ¿En quién se posaron los
ojos inquisidores en busca de satanistas? En aquellos que podían
pervertir a los niños y abusar de ellos. El caso más significativo fue
el de la Guardería MacMartin, donde se acusó a la familia que la
regentaba de todo tipo de tropelías en un juicio plagado de errores
donde se indujo a los niños a mentir para incriminarles. En 1983, Judy
Johnson denunció a los educadores por abuso en ritual satánico. La
histeria hizo que otras 360 familias se sumaran a la causa. Tras siete
años de proceso, en 1990, se dictaminó que los propietarios de la
guardería MacMartin eran inocentes, después incluso de haber excavado el
entorno de la escuela en busca de túneles secretos. Sus vidas y su
negocio estaban destruidos. Nadie pareció tener en cuenta que la señora
Johnson, la primera denunciante, padecía de una esquizofrenia agravada
por el alcoholismo.
El pánico satánico buscó otros muchos chivos
expiatorios para su cruzada vesánica, siempre relacionados con los
niños, principal vector moral para que nadie se atreviera a cuestionar
sus intenciones. Los juguetes fueron los siguientes sospechosos.
Supuestos expertos denunciaban en programas de máxima audiencia cómo
Los Pitufos eran realmente cadáveres, por su piel azul y sus labios
negros, que intentaban introducir la homosexualidad entre los más
pequeños, ya que, salvo Pitufina, todos eran personajes masculinos. Los
Thundercats y los Masters del universo también quedaron señalados como
productos nocivos, algo casi esperable al lado de las acusaciones contra
Mi pequeño Pony y Los osos amorosos, que al parecer escondían
pentagramas y oscuros rituales en su diseño. Un auténtico despropósito que, pese a lo absurdo de la situación, se extendió incontenible.
Quienes,
por supuesto, también sufrieron una implacable persecución fueron los
músicos de heavy metal. Tanto Black Sabbath como Judas Priest se
tuvieron que enfrentar a demandas por el suicidio de sus fans
adolescentes, provocados supuestamente por unos mensajes subliminales
insertos en su música. No eran raros los programas con señoras de pelo
ahuecado, al estilo de Nancy Reagan, escuchando horrorizadas discos de
heavy en sentido inverso. El mundo del rol fue otro objetivo de la ira
contra lo demoníaco. Especialmente Dragones y Mazmorras, que contó
incluso con una asociación en exclusiva para intentar acabar con él, la
conocida como BADD: Bothered About Dungeons and Dragons. Incluso algo tan norteamericano como la propia celebración de Halloween quedó en entredicho, al extenderse bulos sobre asesinos satánicos camuflados bajo el disfraz y la algarabía nocturna.
La histeria colectiva fue cesando en Estados Unidos con el fin de la
era Reagan, coincidiendo con la desaparición de la URSS pero también con
la aparición de un nuevo enemigo en escena: Sadam Hussein. ¿Para qué se
necesitaba un enemigo sobrenatural cuando se había encontrado un nuevo
villano en Oriente Medio? Aún así, la persecución de este enemigo
interior dejó secuelas en el propio sistema de justicia, sobre el que
pesan casos como el de los tres de Memphis Oeste, unos jovenes
condenados a pena de muerte y cadena perpetua en 1993 por el asesinato
en un supuesto ritual satánico de unos menores. Lo cierto es que en
2011, tras dieciocho años en prisión, tuvieron que ser absueltos al
presentarse nuevas pruebas que los exoneraron. Su mayor delito fue ser
seguidores de la contracultura gótica. Cuando la ley intenta saciar un
miedo inducido deja de ser justa para convertirse en una farsa.
El
pánico satánico que azotó Estados Unidos desde los años ochenta hasta
mediados de los noventa no fue casual. Como hemos visto tuvo detrás el
interés político de los conservadores para manejar el miedo de la
población hacia un enemigo inexistente, algo que cohesiona el país y
resta de la sociedad un espíritu crítico hacia sus líderes. También uno
religioso, que fue aprovechado por evangelistas y católicos para
situarse como la barrera divina contra la amenaza del maligno: los
exorcismos televisados de los predicadores resultan tan grotescos como
inculpatorios. ¿Cuál fue la tercera pata interesada en fomentar
esta histeria? Todos aquellos que podían rentabilizar económicamente el
miedo, especialmente programas sensacionalistas que pagaban
generosamente a todo tipo de supuestos expertos por sus desvaríos.
El pánico satánico, sin embargo, no desapareció para siempre sino que
cambió de forma resurgiendo puntualmente en la sociedad norteamericana.
En los atentados del 11 de Septiembre se hicieron populares ciertas
fotografías entre aquellos que creían ver la figura del demonio en la
nube de polvo tras el colapso de las torres. En el Tea Party se dieron
cita una gran cantidad de integristas que buscaban señales de que el
presidente Obama era un enviado satánico, desatándose las suspicacias en
2013 por su parecido físico con el actor que encarnaba al diablo en la
serie La Biblia. El pánico por los payasos asesinos, el
Pizzagate o QAnon han sido una trasposición de la histeria satanista a
nuestros días, especialmente si tenemos en cuenta la coartada de la
defensa de la infancia para desatar el terror, la ira y evitar que nadie
cuestione su autenticidad.
Toda esta historia está llena de
momentos tan delirantes como tragicómicos, que a cualquier adulto
medianamente funcional sólo le pueden llevar a la carcajada. Pero
convendría recordar que el propio FBI cataloga a QAnon como "amenaza
terrorista doméstica", una secta digital conspirativa que se refiere
habitualmente a sus enemigos como la "camarilla de adoradores de Satán".
La diputada Macarena Olona tan sólo está siguiendo un guión que ya ha
funcionado en Estados Unidos y que la ultraderecha utiliza como una
herramienta más en toda Europa para lograr sus objetivos, esta vez con
la potencia de lo digital como medio principal para sembrar el terror y
la desconfianza. Cuiden a sus niños de Satán, también de Mi
pequeño Pony. Pero cuídenlos más de esta nueva ola reaccionaria y
descivilizatoria contra la ilustración." (Daniel Bernabé, RT, 17/12/21)