Pascual Serrano @pascual_serrano
Que en Barcelona expulsen a la editorial @Viejo_Topo de una feria del libro por no ser antifascista os puede hacer una idea de cómo está el panorama en esta ciudad para la izquierda que no va de quinoa, mascotismo, esteladas y envío de armas a Ucrania #Literal2023 @LiteralBCN
12:46 p. m. · 3 may. 2023 14,5 mil Reproducciones
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"Los nuevos inquisidores.
En su lejano origen, los tribunales eclesiásticos inquisitoriales
empezaron a dictar sentencias ya en el siglo XII, preferentemente contra
herejes albigenses en el sur de Francia. Un siglo después la
Inquisición se implantaba en el reino de Aragón, y posteriormente en
todo el reino cristiano. Durante siglos, la Inquisición fue más
inmisericorde en las Españas que en ningún otro lugar, acudiendo a la
tortura para obtener las declaraciones de culpabilidad del reo,
habitualmente hecho preso al ser objeto de denuncias cuya verosimilitud
no siempre era contrastada. El temor a la Santa Inquisición estaba
extendido y resultaba útil para el poder cuando este lo requería,
actuando a menudo como un verdadero organismo judicial.
La Inquisición atemorizó España durante varios siglos. El último
ejecutado fue un maestro de escuela catalán, Cayetano Ripoll, acusado de
no llevar a sus alumnos a misa y no salir a la calle al paso de las
procesiones. Actos como esos demostraban que no creía en Dios. Fue
ahorcado en Valencia tan tarde como 1826.
No sería extraño que una presencia tan prolongada de la Inquisición
en nuestros lares acabara por introducir alguna modificación epigenética
en nuestros conciudadanos. A eso hay que agregar hoy la implantación de
nuevas modas culturales provinientes del otro lado del Atlántico. Eso
explicaría, quizás, el desparpajo con que hoy se denuncian, se cancelan,
se descalifican, se vetan personas, situaciones, conductas,
instituciones, con frecuencia de forma caprichosa y sin fundamento.
Descalifica, que algo queda, parece ser la consigna. Hoy, los nuevos
inquisidores campan a sus anchas por las redes y los medios.
Viene esto último a cuento porque El Viejo Topo ha sufrido en sus carnes la ira de estos nuevos inquisidores. En efecto, los organizadores de Literal,
la Feria del libro político (radical la denominan ahora sus
organizadores) que se celebra anualmente en Barcelona con apoyo del
consistorio municipal, ha comunicado a El Viejo Topo que su
presencia en la Feria, en la que ha participado desde su fundación, ya
no es bienvenida. Vamos, que no se le permite participar ni exhibir sus
libros ni ejemplares de la revista.
¿El motivo? Los organizadores arguyen que no comparten determinadas
líneas ideológicas contempladas en su catálogo editorial. Así de claro.
Censura, como en los viejos tiempos del franquismo. Los organizadores se
declaran firmes antifascistas, y les parece que El Viejo Topo no cumple
con los requisitos necesarios para ser declarado antifascista.
Sí, querido lector, asómbrate tú también. El Viejo Topo, según estos antifascistas de parvulario, coquetea con el fascismo.
De modo que la cosa es sencilla, si lo que dice alguno de los autores
que publicas no le gusta a alguno de estos ayatolás del antifascismo,
se le cancela y santas pascuas. Aquello del debate, de la crítica
argumentada, de la discusión de ideas, es cosa del pasado. Ahora toca el
redoble de tambor, el rostro al viento, la denuncia de cualquier cosa
que no se alinee con su forma de ver el mundo. Toca cerrar filas ante la
amenaza del fascismo, que al parecer de forma inminente va a ocupar las
instituciones. Eso excluye el debate, el intercambio de ideas. Ante la
magnitud del peligro, parecen creer estos nuevos defensores de la fe que
no hay sitio para la inteligencia, solo cabe la acción. ¿A qué les
recuerda esto?
En la comunicación telefónica mediante la que se nos comunicó el veto
solo se citó el nombre de un pecador, Diego Fusaro, aunque tengo la
certeza de que en la trastienda figuraban otros igualmente perversos.
Diego Fusaro es un joven y brillante filósofo italiano, todavía poco leído en nuestro país, del que El Viejo Topo
ha publicado ya siete libros. Conservador en cuanto a costumbres y
radicalmente anticapitalista en lo político y lo económico, se declara
sin tapujos marxista. Su pensamiento encaja en una línea que empieza en
Fichte y Hegel, transita por Marx y Croce, y desemboca finalmente en
Gramsci. En Italia es una figura popular, es invitado frecuentemente a
programas de televisión y radio, y tiene una fuerte presencia en
Internet. Le gusta hacerle guiños a la política, y afirma que escribe y
charla allí donde lo invitan siempre y cuando pueda decir sin
limitaciones lo que piensa. No mide las consecuencias que representa
aceptar ciertas invitaciones, aunque en eso no es una excepción, y no
tiene empacho en hacer públicas sus convicciones, completamente alejadas
de la religión woke. Sus detractores, que los tiene también en
España, en general no lo han leído. Steven Forti le dedica un capítulo
en su último libro, en el que lo califica de rojipardo. Una calificación
que dice muy poco, pues se aplica también a personajes tan dispares
como Manolo Monereo, Ana Iris Simón o Santiago Armesilla.
¿Es pues Diego Fusaro el personaje terriblemente peligroso al que los
nuevos inquisidores temen? ¿Al que hay que negar el uso de la palabra?
Tal vez en el catálogo de El Viejo Topo hay más autores execrables. Tal vez a los nuevos inquisidores les gustaría silenciar a unos cuantos. Quién sabe.
Pero más allá del contenido de cualquier libro, ¿quién otorga a estos
poseedores de la “verdad” del antifascismo la facultad de aceptar o
negar? (y con dinero público por en medio, por cierto). ¡Cuánta
arrogancia! ¿Dónde se funda el derecho que les permite prohibir? ¿Quién
les autoriza a ello? ¿Piensan tal vez que Literal es su jardín? ¿Propiedad privada? ¿Para cuándo la quema pública de libros?
En fin, retiremos el dedo de la llaga. En el Topo no estamos enfadados con esa decisión. Simplemente, nos causa tristeza.
Amigos de Literal, os deseamos suerte. Con decisiones como esta, seguro que en el futuro la necesitaréis." (Miguel Riera, El Viejo Topo, 03/05/23)