"1. Conocí a Pedro Sainz Rodríguez en los últimos años de su vida. Era el modelo del gordo listo, incansable y sutil, que desde su juventud, moviéndose en la sombra, había estado presente detrás de la cortina en todos los fregados políticos: en el cuarto de baño con la querida del nuncio apostólico Tedeschini para arrancarle unas cartas comprometidas; en la conspiración de la sanjurjada del 10 de agosto de 1932 contra la República, en los preparativos del Alzamiento del 18 de Julio, en las maniobras de la Monarquía durante 40 años junto a don Juan en Estoril para recuperar el trono. A veces me invitaba a comer y mientras le caía la sopa por la comisura hasta la servilleta, que llevaba anudada como un niño en el pescuezo, me contaba historias muy surrealistas. (...)
Un día le pregunté al escritor Ernesto Giménez Caballero cuál había sido el momento cumbre de su azarosa vida. Sentado en un sillón abacial allí en su estudio comenzó a agitar los brazos como las aspas de aquel molino que Don Quijote había confundido con un gigante y con una locura muy parecida, me dijo:
“El momento cumbre de mi vida sucedió durante una cena en Berlín, dos días antes de la Nochebuena de 1941, invitado a casa de Goebbels. Fuera sonaban las alarmas de bombardeos y se oían los clamores de las patrullas de la Gestapo. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Goebbels tuvo que salir porque lo llamó Hitler.
Al quedar a solas con Magda, su mujer, en un salón privado donde ardían los troncos de la chimenea, me creí arrebatado por una fuerza superior y le expuse mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Magda estaba sentada frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios.
En aquel ambiente de ascua y pasión, sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano-austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Ingunda, Brunequilda o Gelesvinta.
Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas.
Y acercando su boca a mi oído musitó el gran
secreto: “Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero
resulta que HitIer tiene un balazo en un genital y es impotente desde
sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo
de Eva Braun no es más que un tapadillo para disimular”." (Manuel Vicent, El País, 22/05/21)
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