13/8/21

La revolución de las cómicas... Hubo un cambio de inercia en 2018, antes tenías la sensación de que te estaban haciendo un favor... “Si la regla no se verbaliza en un escenario, seguiremos pidiendo una compresa como si fuéramos espías rusas”

 "Están reunidas aquí la maestría para crear personajes de Yolanda Ramos, el tono reivindicativo de Henar Álvarez, el manejo de la nostalgia y el absurdo de Lala Chus, la mirada aguda sobre lo cotidiano de Asaari Bibang, la torpeza fingida de Patricia Espejo o la capacidad mimética de guionista de Pilar de Francisco. Estas creadoras no tienen nada que ver entre sí, pero desde una óptica simplista, poco revisada, perezosa pero aún muy vigente se las sigue incluyendo en la categoría de comedia femenina.

Asaari hace chistes sobre ser autónoma en escenarios; Henar Álvarez, semblanzas cómicas de Emilia Pardo Bazán en la radio, y Lala Chus, coreografías sobre sintonías de series de animación de los noventa. ¿Cuáles son entonces las características comunes al humor femenino que sus críticos parecen tener tan claras? Comparten, eso sí, su condición de mujeres y sus años de servicio al noble arte de hacer reír, saben que su oficio nace de las vivencias personales y saben demasiado bien que las vivencias de las mujeres se han colocado en un plano secundario como si fueran menos humanas que las de los hombres. Como si sus voces fueran siempre femeninas, nunca universales.

No son novatas, lo que hacen no es nicho, no quieren ser una categoría, sino estar plenamente incorporadas a la comedia con mayúsculas, que estaba coja sin ellas. El humor, no femenino, sino hecho por mujeres, vive un momento dorado; la misma rebeldía que en algunas épocas las penalizó, ahora las acerca a un público diverso, masivo, sediento de voces en las que se siente reconocido. El mismo inconformismo que le ganó la fama de improvisadora y problemática a la actriz Yolanda Ramos, por fin se entiende como brillantez, como golpe de genio que hay que aprovechar para mejorar el producto final. 

Si Yolanda Ramos (Cerdanyola del Vallès, 52 años) improvisa sobre un guion, mejor para el guion. “Yo he sido muy criticada incluso por compañeros y compañeras, la rebeldía en muchas épocas ha venido mal. Cuando he visto algo, un guion o un show que mi intuición rechazaba, me he negado a hacerlo, entonces he tenido problemas. Se corrió la voz de que no me sabía los guiones, cuando lo que pasaba es que algunos eran infumables. Ha venido una hornada de gente joven que aprovecha a la actriz que sabe improvisar”.

Ramos habla de una responsabilidad artística a la hora de crear entretenimiento, un legado que “alimente al alma” y del que nos deberíamos preocupar como nos preocupamos de dejarles un planeta habitable a las generaciones venideras. “Ahí sí es importante que no estén las mismas voces de siempre, que el arte nazca de un sitio real, no de las decisiones de un señor que tiene pasta y se está fumando un puro y te contrata para hacer una mierda”.

No se refiere a un ambiente ni una sensación subjetiva, sino una realidad muy tangible común a distintas ramas del sector que la monologuista Patricia Espejo (Valencia, 38 años) conoce muy bien. “No la quise liar porque era nueva, pero en un micro abierto me han llegado a decir que los tíos tenían cinco minutos para probar su texto y la otra cómica, Silvia Sparks, y yo, tres”, cuenta. Con años de experiencia en el mundo del stand up a sus espaldas, relata escenas duras e interesantísimas para el análisis de cómo funciona este mundo para las mujeres.

 “En una ocasión, había un matrimonio mayor entre el público; ella lloraba de risa y él se iba cabreando cada vez más, hasta que se levantó y me gritó: ‘Eso que estás diciendo es una mierda’. Nadie contestó, así que yo dejé el micrófono y me bajé del escenario. Lo que le molestaba no era lo que estaba diciendo, sino que su pareja se estaba riendo”, interpreta Espejo sobre la identificación del público.

En su monólogo en los últimos Premios Feroz, Asaari (Guinea, 34 años), que también es actriz, dijo que lo más cerca que había estado de que no le ofrecieran un papel de prostituta fue aquella vez en la que le ofrecieron un papel de exprostituta, “y la peli tenía muchos flashbacks”. 

Es un chiste sobre una mujer joven y racializada que se desenvuelve en el mundo de la interpretación y solo funciona si lo hace alguien que podría vivirlo. Sin Asaari Bibang en un escenario micrófono en mano no existiría ese chiste. “Sería absurdo no aprovechar la oportunidad de acercar ese punto de vista que por el momento nadie más en el circuito puede aportar”. El humor que traen a la escena es distinto en la medida en que sus vivencias son distintas.

Para la locutora, guionista y presentadora Henar Álvarez (Madrid, 37 años), este es un asunto central. “Un granjero de Alabama también hablará de cosas diferentes que un ejecutivo de Londres. Cuando nos dicen que los chistes son solo chistes nos están tomando el pelo. Un monólogo es como una homilía, como cualquier discurso público. Coges un micrófono y cuentas tu punto de vista de la vida. ¿Cómo no va a tener ese acto un componente político?”.

El don de la oportunidad. Las cómicas encaran con más ­desidia que indignación las declaraciones vertidas el pasado 22 de junio por los gestores del local de comedia madrileño La Chocita del Loro sobre la falta de talento, preparación y éxito de las humoristas en España que han levantado reacciones y revuelo mediático. Bibang —que interpretará su monólogo Humor negra desde el 20 de agosto hasta el 26 de noviembre en el madrileño Palacio de la Prensa— dice que el público es soberano y que no se le ocurre peor momento que el actual para decir que las cómicas venden menos.

“Ya había cómicas que vendían muchísimo: Martita de Graná (tiene casi millón y medio de seguidores en Instagram y es la artista española que más entradas por minuto vende: 2.500) lo revienta en teatros; Inés Hernand (con su espectáculo Ni puta gracia ha despachado 8.500 entradas en plena pandemia), también; las creadoras de Estirando el chicle hacen el podcast más escuchado, y las que no tenían ese empuje lo están teniendo ahora”, cuenta.

 Estirando el chicle, el podcast de humor de Carolina Iglesias y Victoria Martín que comenzó como un contenido autoproducido de dos cómicas con amplia experiencia —­Iglesias en redes y Martín, además, como guionista—, domina los rankings de los más escuchados con 700.000 espectadores entre plataformas de audio y vídeo y más de dos millones de reproducciones.

 “Creemos que ha triunfado por la necesidad del público de acceder a otros discursos distintos. Nosotras llevamos años currando sin parar y autoproduciéndonos casi todos nuestros proyectos, un pico pala constante fruto del trabajo duro. Cada vez somos más y creo que entre todas vamos a comernos la industria. Pero siguen haciendo falta más y más programas, más series, más formatos, hay que invadirlo todo”, dicen las autoras de Estirando el chicle.

No solo es un público masivo, sino más rico, diverso y que no se sentía interpelado por la comedia tradicional, según Asaari Bibang: “Tengo una conciencia muy clara de mi racialidad y de mi género, pero también hago chistes sobre lo que me jode hacer una cola. Todo el mundo puede empatizar con mi comedia. Va siendo hora de que no solo se cuente con nosotros cuando se hable de temas de racismo, sino como parte de la sociedad”.

Esta reflexión es extrapolable a los discursos que reducen cualquier producto cultural o de entretenimiento hecho por mujeres a una categoría propia y menor. Con cifras como las de Estirando el chicle o Martita de Graná cabe preguntarse si no persiste la mentalidad rancia de que, si el público es mayoritariamente femenino, por muy masivo que sea, el contenido se sigue considerando nicho por parte de quienes toman las decisiones. “He sido testigo de cómo en radio y televisión se evita que coincidamos tres mujeres por miedo a que el público piense que el contenido es solo para mujeres. Esto sigue pasando”, cuenta la guionista Pilar de Francisco. 

 Ella ha escrito mucho más para cómicos, “que son los que presentan programas”, que para cómicas a lo largo de su extensa carrera en televisión. “Se habla de comedia femenina despectivamente, la siguen considerando un género aparte dirigido solo a público femenino. Me han llegado a decir: ‘Me gusta tu trabajo porque escribes como un hombre’. Lo peor era que yo lo recibía como un halago”, añade.

De Francisco menciona una experiencia también compartida por sus compañeras, la de hacer un constante trabajo de revisión de sí mismas y su labor desconocida para sus compañeros hombres. “Hubo un cambio de inercia en 2018, antes tenías la sensación de que te estaban haciendo un favor. Tenías menos acceso a pruebas de guion, no te encargaban las piezas principales, no estabas en ciertos grupos de Whats­App o reuniones, y nos costó darnos cuenta de que no era un problema individual, sino sistémico. Ahora la coordinadora de guion de Late Motiv es Laura Márquez, hace tres años era rarísimo ver coordinadoras de guion”. Estos cambios calan en la realidad cotidiana según la guionista. “Si la regla no se verbaliza en un escenario, seguiremos pidiendo una compresa como si fuéramos espías rusas”.

Un frente común. Laura Yustres, más conocida como Lala Chus (Madrid, 32 años), es consciente de que se ha saltado muchas de las jerarquías e intermediarios del sector, en parte por su juventud y en parte porque su medio es internet. “Nos ganamos la vida con la libertad que dan las redes y la gestión directa sin pasar por altas esferas con mentalidades antiguas”, explica. Ha sido cuando ha entrado en estructuras de equipo cuando se ha encontrado con guiones con el tipo de chistes que ella nunca escribiría.

 “Me ha pasado con guionistas hombres que me llegue una entrevista a una celebrity con una pregunta sobre si limpia ella su casa o ‘tiene señora de la limpieza’. Cuando se lo haces notar, te dan la razón, pero no han hecho una revisión que tú sí”. Por edad, algunas de las presentes en el reportaje han sido también sus referentes y luego han llegado a colaborar con ellas. “Hay conciencia de comunidad, es lo más bonito de esta profesión”, comenta.

“Éramos tan pocas que cuando nos encontrábamos dos en la misma noche en un bolo nos abrazábamos. Nos alegrábamos, como dos linces que se saludan en plan: ‘Ey, no te han atropellado, a mí tampoco”, dice Pilar de Francisco. La guionista habla de que la competencia estaba muy extendida porque dominaba el relato de que solo podía haber una en cada espacio.

 Esa óptica ha cambiado y existe un esfuerzo generalizado y colectivo para crear escena y servir de contrapeso a la idea de que dos mujeres en cualquier contexto ya son demasiadas. “Nos hemos juntado en Calladitas estáis más guapas, en Riot Comedy, en Ladies Night”, Asaari Bibang enumera espacios de comedia hecha por mujeres, a menudo autoproducida. “Vamos las unas a los programas de las otras para dar a conocer a otras compañeras a nuestro público que está sediento de eso, se está generando una red”, apunta Henar Álvarez.

El fin de las potencias. Para hablar de las personas y las estructuras que han dominado el discurso y han obstaculizado el desarrollo de cualquiera que no se adaptara a sus reglas, sobre todo las mujeres, Yolanda Ramos dice la palabra “potencias”, son quienes han estado a gusto mientras no se les llamaba la atención. “Nosotras hemos tenido que sobrevivir escondiendo cosas que ellos han vivido abiertamente, tienen más costumbre de dejarse al descubierto”. A ella no le interesa señalar a los hombres, sino llegar al alma del público y crear arte: “Arte como excitador de cualquier sentido del ser humano: la risa, la compasión o el asco”.

Es consciente del valor de su oficio. Una mirada que comparten sus compañeras. “El humor es una herramienta poderosísima para generar simpatía, conseguir cosas, para modelar conciencias y transmitir ideas; por eso se repite que las mujeres no tenemos gracia. Pero esta mentira repetida mil veces es insostenible, con los medios que existen hoy en día esas barreras se han roto”, dice Henar Álvarez. “La comedia es poder, tienes el micro, es un territorio muy goloso. 

Les cuesta cederlo”, añade Pilar de Francisco. No hablan solo de poder simbólico ni de dominio del discurso, sino de asuntos muy materiales. “Al reírte abres tu alma, en ese momento te pueden meter en la cabeza lo que quieran”, comenta Patricia Espejo, “cuando las mujeres toman ese espacio, algunos creen que se les arrebata algo que es suyo. Creen que los puestos y el dinero son suyos por derecho propio y se lo reparten entre colegas”.

No hemos venido aquí a hablar de comedia femenina, sino de mujeres que hacen comedia dentro de un sistema lleno de prejuicios y viejas complicidades que no les permite moverse con comodidad. Las cómicas han venido a enriquecer un panorama incompleto, quizá el lugar de análisis no deba estar alrededor de esa supuesta comedia femenina, sino de una comedia masculinizada que ha dominado durante décadas.

“Al mundo, las mujeres les gustan serias y constreñidas; por eso las actrices dramáticas son actrices y las actrices con bis cómicas somos cómicas o incluso humoristas, que a mucha honra, pero es una categoría incompleta”, remata Yolanda Ramos. “No se acepta la dignidad de la mujer irreverente. Si no hubiera sido porque se empieza a escuchar a públicos a los que antes no se escuchaba, yo seguiría siendo una loca que se inventa los guiones”.

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