29/11/13

Un alcalde del PP prohíbe cagar en el campo, a los niños jugar y multará a quien tienda la ropa al sol

 El alcalde de Picón, Rafael Rodríguez Hervás

"Los niños de Picón, localidad  de la provincia  de Ciudad Real que apenas supera los 700 habitantes, tendrán que pedir permiso al alcalde para poder jugar en la calle a la pelota, montar en monopatín o en bicicleta, según recoge la propuesta de Ordenanza Municipal de Seguridad y Convivencia, en cuyo artículo 54.2 y 54.3 se establece que cualquiera de estos juegos tendrá la previa autorización municipal.

 Pero no solo eso, la propuesta de ordenanza prohíbe también practicar juegos de habilidad con bicicletas, patines y monopatines, salvo en las áreas destinadas al efecto. O lo que es lo mismo, invita a los pequeños a quedarse en casa y practicar con sus videoconsolas, so pena de ser sancionados con multas que van de los 750 a 1.500 euros.

Pero el esperpento surrealista no se queda aquí, en la misma ordenanza se prohíbe defecar, orinar o escupir en todo el término municipal, incluido el campo. La sanción por defecar en la linde conlleva una multa de 300 euros, pero si el espectáculo escatológico tiene lugar en espacios de concurrida afluencia de personas o frecuentados por menores, entonces, la sanción puede alcanzar los 3.000 euros. 

El regidor de Picón obligará a los jornaleros, según el artículo 67 de la normativa, a dejar sus quehaceres agrícolas, dirigirse al pueblo y hacer sus necesidades en los excusados de sus respectivos domicilios. Dicho de otro modo, el alcalde del PP “quiere que al campo se vaya meado y cagado de casa”, ironiza un vecino de Picón en declaraciones ELPLURAL.COM. 

Sanciones que también alcanzan a todos aquellos ciudadanos que tiendan la ropa en balcones o ventanas en casas que “miren” hacia la vía pública, así como colocar macetas y tiestos en los alféizares de los domicilios.

La postura onírica del alcalde de Picón rozaría el cachondeo a no ser por la seriedad del borrador de la normativa, que también prohíbe tener en los corrales las típicas gallinas, pollos y conejos, en un pueblo inminentemente agrícola, con autoabastecimiento familiar, a cuyos vecinos más jóvenes se pretende impedir que graven su amor en la corteza de los árboles (adiós romanticismo).

 A todo esto hay que sumar que los tradicionales trueques, pequeñas ventas de productos del campo a pie de casas y cambalaches de artículos artesanos entre vecinos que supone para estas deficitarias economías un gran respiro, también son vetados y obligados a pedir autorización previa, como recoge el artículo 70.1. Del mismo modo, queda prohibido sacudir mantas o alfombras a la vía pública (art.115). (...)"           (El Plural, 27/11/2013)

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